Leé el primer capítulo de "Una verdad por otra" de Ignacio Ramundo


Fuente: Wes-Hicks-Unsplash

¿Hasta dónde puede llegar la obsesión de un hombre por resarcir su pasado y su orgullo?


Ignacio Ramundo nació el 15 de junio de 1983 en la ciudad de Mar del Plata, Argentina. En 2012 se recibió de Realizador de cine y televisión. Dos años más tarde comenzaría la pre producción independiente de su primer largometraje “El caso de Ana Maldonado”, el cual escribió y dirigió. La película se presentó en 2020 vía streaming y recorrió, hasta el momento, cuatro festivales internacionales y obtuvo el premio a mejor largometraje argentino en el Festival internacional de cine de Paraná, ese mismo año.



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Ignacio Ramundo

Durante el desarrollo del largometraje, fue trabajando el bosquejo de una historia que luego se convertiría en ésta, su primera novela. En 2015 asistió al taller de escritura creativa Fernando Pessoa, dictado por la escritora Eva Aguilera, donde encontró las herramientas necesarias que le permitieron mejorar su manera de narrar. Al finalizar el taller, la idea de escribir la novela tomó más fuerza que nunca y Eva le propuso ser la coordinadora del proyecto. Luego de un arduo trabajo de escritura y reescritura durante todo 2016, Ramundo terminó de escribir la primera versión de su novela de género policial psicológico, titulada “Una verdad por otra”. Amigos, familiares y colegas fueron sus primeros lectores y críticos, lo que lo motivó a la idea de publicarla. Mientras tanto siguió releyendo y corrigiendo hasta que estuvo totalmente conforme con el resultado final de la obra, para pasar a la etapa de publicación con el acompañamiento de editorial Prosa.



RESEÑA:


¿Cuánto dolor es capaz de soportar alguien para, un día cualquiera, perder la razón por completo con tal de lograr su objetivo?



En el momento que conoció el caso de la doctora Patricia Soler, desaparecida el 19 de junio de 1983 en Cedro viejo, Augusto Farías no pudo controlar su deseo de investigar y resolver una incógnita de más de treinta años. Pero cuando su antiguo vecino le mostró las siete fotos que tomó desde su habitación, aquella madrugada nefasta, la obsesión se apoderó de él como una suerte de revancha con su frustrada vocación de periodista, y volvió a su pueblo natal en busca de respuestas que, hasta ese momento, nadie había encontrado.


Luego de recuperarse de un brote psicótico que sufrió en su lugar de trabajo, Augusto consigue otro empleo en un edificio. Allí conoce a Jorge Lorenzini, la persona que le abrirá la puerta hacia la investigación de uno de los casos más misteriosos y macabros de la historia policial argentina. Mientras tanto, su mujer y su hijo lo esperan en casa y sufren las consecuencias de su imprudencia. Este personaje particular que no puede consigo mismo, deambula constantemente entre la conciencia y el delirio en el arduo camino del autoconocimiento, atravesando arcos de transformación en su personalidad y su carácter, que lo llevarán a límites insospechados, donde tomar una decisión que parece correcta, puede significar perder la libertad que tanto ansía.


Inspirado, en parte, en el caso verídico de la doctora Cecilia Giubileo, este policial psicológico pone a prueba la fusión entre realidad y ficción, llevando al lector, de lleno, al mundo interno del protagonista y al contexto en el que vive.

PERO ANTES DEL PRIMER CAPÍTULO, EL AUTOR HACE UNA INTRODUCCIÓN MÁS QUE PERTINENTE:


Esta historia fue narrada después de que conocí a Alfredo Leguizamón, aquel domingo de asado en la casa de su padre, don Alfredo Leguizamón. Vivían en San Agustín, un pequeño pueblo que queda a veinticinco kilómetros al sudoeste de Balcarce. Era una tradición en la familia ponerle al primer hijo varón, el nombre de su padre. Alfredo era el séptimo del linaje Leguizamón que llevaba ese nombre. Fui invitado ese día junto con mis padres, ya que era el cumpleaños de doña María, la madre de Alfredo, quien era muy amiga de mi madre. Alfredo y yo éramos los más jóvenes de la fiesta, de modo que desde el comienzo hablamos de muchas cosas, mientras los más veteranos contaban sus hazañas, jugaban al truco y brindaban cada vez que llenaban sus vasos.


Alfredo me contó de su profesión de periodista, la cual había dejado para irse a vivir al campo y ayudar a su padre con el negocio de la cría de chanchos. Yo le conté sobre mi afición a la escritura y mis ganas de escribir una novela, y no tardé en preguntarle el porqué de su decisión de dejar una carrera tan interesante. Fue ahí cuando Alfredo Leguizamón me contó la historia de Augusto Farías, quien se convirtió en el protagonista de esta historia.


Alfredo me brindó toda la información detallada y su punto de vista sobre los hechos que fueron un antes y un después en la vida de Augusto Farías, cuando se obsesionó con un caso policial de lo más macabro que fue noticia nacional en 1983, el caso de la doctora Patricia Soler, desaparecida en el hospital psiquiátrico Dr. Saturnino Flores, en la localidad de Cedro Viejo, al oeste de la provincia de Buenos Aires.


Alfredo y Augusto eran compañeros en la facultad de periodismo y amigos inseparables. Cuando Augusto estuvo internado en dos oportunidades por brotes psicóticos, escribió una serie de diarios sobre lo que estaba viviendo en esos momentos. Esos diarios se los entregó a Alfredo para que se los cuidara, haciéndoles un seguro de preservación a los manuscritos, ante su inminente costumbre de romper todo lo que escribía. Como buen periodista, Alfredo no pudo resistir escribir unas cuantas páginas sobre lo que su amigo estaba viviendo. Por suerte, Alfredo siempre fue muy ordenado y guardaba esos papeles muy cuidadosamente. Me dio los escritos para sacar información que pudiera servirme, pero lo real es que las cosas que escribió Alfredo Leguizamón, las expongo en este informe tal cual fueron redactadas, y en cursiva, para diferenciarlas del resto. Tuve la suerte de conocer a Augusto y escuchar su historia contada por él mismo, y de que me diera permiso para utilizar sus diarios de esos tiempos tan difíciles. Me dijo que para él, que yo contara su historia, era una forma de cumplir su sueño.


El caso de Patricia Soler fue, sin lugar a dudas, uno de los más misteriosos de la historia policial argentina, y junto con el de Augusto Farías se terminó de resolver un enigma en el que no parecía haber explicación posible.


AHORA SÍ, EL PRIMER CAPÍTULO 😉:


El día que lo trasladaron a la unidad psiquiátrica del hospital Interzonal de Agudos, Augusto Farías había sufrido un brote psicótico que lo dejó inconsciente en el medio de la plaza Colón. Era el segundo brote que tenía en su vida y también el más intenso.


Minutosantes del incidente, Augustoestaba trabajando en el supermercado donde había sido contratado hacía siete años. Durante más de seis horas trabajó en el armado de una exhibición de latas de atún, sardinasy caballa que, combi- nando sus colores y tamaños, conformaban un barco de tres metros de ancho por dos de alto. Era la más perfecta expo-sición de Semana Santa que jamás se haya hecho en la cade- na. Todas las etiquetas mirando hacia adelante y la simetría con que cada lata estaba acomodada, eran la clara evidencia del trastorno que Augusto padeció desde los ocho años hasta pasado un buen tiempoen las sesiones con su psiquiatra, el doctor Fernando Scharpini, a quien conoció cuando tenía treinta y un años.


Los compañeros de Augusto admiraron el barco, pero su supervisor nunca lo vio entero. Una señora que caminabadistraída por los pasillosllegó a la exhibición y sacó, desafor-tunadamente, una lata de la parte de abajo del casco del barco. Medio segundo después, la mitad de la torre se desbaratóferozmente al suelo. La gente más cercana a la exhibición se acercó a mirar y, en pocos segundos, más compañeros se acercaron a ver lo que había ocasionado semejante ruido. La señora no sabía a quién pedirle disculpas, tenía su lata entresus manos, que le temblabande la vergüenza. Augusto Faríasla miró fijamente como un depredador a su presa. La presión sanguínea se le elevó,sintió que algo se rompíaadentro suyo, fue como un segundo de lucidez antes de perder por comple- to el sentido de la realidad.Permaneció en silencioun instan- te, no escuchó nada más, la gente movía la boca pero él no escuchaba nada. De pronto,volvió a oír los ruidospropios del ambiente a un volumen tan alto que sintió un dolor pun- zante en los oídos y, a los pocos segundos, otra vez un sonido normal. En ese precisoinstante, el manto de corduraque le quedaba a Augusto Farías, se había volado por completo.


– ¡Vieja de mierda!–Gritó exaltado.


Todos hicieron silencio y lo miraron anonadados. La se- ñora no sabía qué decirle. Augusto comenzó a caminar hacia la mujer profiriéndole una serie de improperios irreproduci- bles. El supervisor llegó al lugar y se enteró del desastre, un hombreal que nadie conocía insultabaa Augusto por gritarle a la señora, dos compañeros lo agarraron de los brazos antes de que llegara hastadonde estaba la mujer. Parecíaun animal sin control. Comenzó a sacudirse queriendo soltarse, se tiró al piso gritando en un verdadero estado de euforiay soltando lágrimas de impotencia. En el forcejeo le pegó una patada en la cara a uno que trataba de agarrarle una pierna, y cuando por fin pudo liberarse de las manosque lo sujetaban, corrió sin rumbo, chocócon unas botellasde vino que se reventa-ron contra el suelo, llegó hasta la puerta y salió a la calle totalmente desbordado. El supermercado quedó en un silencio inentendible.


Un día, de los quince con sus noches, que pasó en la unidad psiquiátrica, Augusto me contó con una voz de ultratumba, que cuando salió a la calle huyendodel supermercado, todo el con-texto se tornó de un gris violáceo que le parecióapocalíptico. Sin embargosiguió corriendo, sin destino marcado,solo obedecía al intento de sus piernaspor escapar hacia algún sitio. No recorda-ba nada más, hasta que lo despertó una enfermera en la plaza.En el hospital no hablaba con nadie, solo con Laura Bielins- ki, su mujer; con su madre, Ana María Bellucciy conmigo, las tres veces que pude ir a visitarlo.


Sedado como estaba, Augusto se levantaba solo para ir albaño y para fumar en un pequeñopatio de dos por dos que era un pulmón del edificio. Durante las dos semanasque estuvo ahí escribió en una li- breta que me pidió, algunas prosas violentas sobre su situación, sobre la inconformidad que sentía ante su vida y sus frustracio- nes profesionales, y le dedicó unas carillas a su padre, Vicente Farías, quien fue para Augusto, el culpable de todos sus males y fracasos. El día que le dieron el alta, Augusto me dio los diarios y me pidió que los guardara, no me dio razón alguna ni tampocopregunté.


Cuando volvió a su casa, estuvo encerrado en su habitación por más de una semana, lapsoen el cual escribió dos prosas más, que también me entregó para su cuidado. Laura lo obligó visitar al doctor Fernando Scharpini, un psi- quiatra veterano que atendía en un consultorio, en un centro de atención donde ella trabajaba de secretaria.


La primera sesión con el doctor Scharpini fue bastante tirante. El doctor lo hizo pasar muy amablemente. Augusto entró y apenas movió la cabeza para corresponder al saludo. El consultorio era muy cálido, el ambiente estaba aromatiza- do por sahumerios de vainilla, la biblioteca rebalsaba de li- bros de todo tipo, había sillones capitoné de uno y dos cuer- pos, pero Augusto se sentó directamente en la silla frente al escritorio. Estuvieron un par de minutos en silencio, sin pro- nunciar ni una palabra,haciendo que el leve zumbidode la lámpara del escritorio se tornara insoportable para Augusto.


–Bueno. Augusto Farías. ¿Qué lo trae por acá? –Dijo por fin el doctor.


Augustono sabía qué responder. Después de todo fue su mujerla que le insistió para que fuera.Él hubiese preferido quedarse en su conflicto interno, sin moverse, apenas exis- tiendo.


–Mi mujer. –Respondió Augusto reacio.


–¿Su mujer?


–Ella me convenciópara que viniera.


El doctor lo miraba como si las pocas palabras que había pronunciado le hubieran sido útiles para comenzar a hacer un análisis de lo que le pasaba.Augusto sabía que el doctoresperaba que continuara su relato, así que, como pudo, pro- siguió.


–Hace un tiempo tuve un brote. –Masculló Augusto.


Desconfiaba hasta de lo que decía, sentía que estaba allí dando un papel de víctima, se sentía enfermo,por momen- tos afiebrado. Él no era un loco, no queríaestar ahí.


El doctor lo escuchaba con atención. Finalmente Augusto le contó todo el incidente, como se lo acordaba, con algunos baches en el momento del supermercado, algo de la corrida hasta la plaza, perseguido por esa niebla que era dueña de todo el entorno. Recordaba hasta que llegó a la plaza y ahí todo se volvió negro.


–Tengo una imagen de una enfermera tratando de reani-marme. Y despuéslo único que me acuerdobien es a partir de que me desperté en el hospital. Laura estaba ahí, al lado mío.


–¿Cuándo fue esto Augusto? –Preguntó el doctor tranqui- lamente.


–Hace un mes. –Respondió mirando un punto fijo del escritorio–. Estuve dos semanas en la unidad psiquiátrica del hospital. Sedado. –Augusto sonreía irónicamente, pero al oírsus propias palabras, no encontraba manera de comprender que era de él mismo de quien hablaba.


–Doctor, necesitoun cambio en mi vida. –Replicó eufó-rico Augusto.

–¿Quétipo de cambio?


–No sé, quiero dedicarme a escribir y la verdad que no tengo el tiempo, y cuando lo tengo no me dan ganas.


–Está muy bien lo que dice Augusto. Necesita ponerse tiempos fijos para escribir, como un trabajo normal. Y si no es eso puede hacerotra cosa.


–¡No! –Replicó Augusto apresurado–. No quiero hacer otra cosa nunca más, ya hice demasiadas cosas que no quería.


–¿Y por qué no hace lo que le da satisfacción entonces? Augusto miraba al psiquiatra como un niño al que le hablan y no entiende. No respondió nada. Su queja era muy profunda y él no sabía cómo encararla. Se sentía desdichado porque, para él, ir a trabajarera una tarea extenuante que lo obligaba a usar su tiempo del día para preocuparse por situa- ciones de una empresa, para así llegar a casa tarde, cenar e ir a dormir, y al otro día sería igual, la alarma del reloj, un des- pertar tosco, insistente, inquisidor. Augusto daba cualquier cosa por poder trabajarde lo que él amaba.


–Cuénteme de usted. –Dijo Scharpini.


Augusto permaneció en silencio unos instantes que leparecieron eternos.No sabía qué decir, se preguntaba si en verdad no sabía quién era. Trató de encontrar las palabras precisas,buscando en lo más recónditode su ser. Luego de unos minutos miró al doctor como quien se despertara de una larga pesadilla, sin memoria, sin recuerdos, casi sin pul- so, queriendo borrar su imagen del mapa.


–Siento que no sé quién soy. –Exclamó, asombrado de sí mismo.


Scharpini hacía anotaciones en su cuaderno. Augusto per- manecía en la silla. Se miraba en el reflejo del vidrio del es- critorio y movía los dedos apresuradamente, como en una inercia enfermiza producto de la ansiedad. Sus ojos parecían ver más allá de lo que se veía en esa habitación. De repente, Augusto se paró efusivamente.


–¿Qué anota?–Preguntó con rabia.El médico lo miraba con cierta cautela.


–Lo que usted me va contando.Hago anotaciones de las cosas que me parecen importantes.


–¿Y usted sabe cuálesson las cosas importantes?


El doctor parecía tan sereno que Augusto sintió ganas de romperle la cabeza con la lámparadel escritorio. Luego de un suspiro melancólico dejó caer sus brazosy miró al doctor con ojos vidriosos.


–Me quiero ir.


–Augusto, siéntese por favor, ya terminamos. –Scharpini reforzósu frase con una sonrisa cordial y señalando la silla deAugusto con la mano. Este lo miró y sintióque Scharpi- ni era la única esperanzaque le quedaba. Se sentó sin estarconvencido.


–Doctor, usted no me conoce y yo no lo conozco a usted.


Sinceramente todo esto me parece ridículo.


–¿Quéle parece ridículo?


–Estar acá contándole mis cosas a un desconocido. Con todo respeto doctor, pero me siento enfermo estando acá.


–Usted acaba de tener un brote psicóticoAugusto. ¿Adón- de quiere estar? –Indagó Scharpini con autoridad–. ¿Por qué está tan enojado? –Augusto lo miró fijamente sin saber qué responder. Al cabo de unos segundos pareció encontrar las palabras.


–Creo que estoy enojadoporque nunca hice lo que que- ría. Porque toda la vida hice lo que mi papá pretendía que hiciera. Siempre complaciendo sus necesidades, estudiando carreras que a él le gustaban. Y después, cuandopor fin pude acercarme a lo mío, tropiezo con el amor tan lisa y llanamen- te involucrado, que no medí ninguna consecuencia y fui pa- dre antes que novio y tuve que dejar todo. Augusto se sintió un poco más aliviadodespués de soltarestas palabras.


–¿Quées lo suyo? ¿Qué es lo que tuvo que dejar?


–Me gusta escribir. –Scharpini anotaba–. Quería estudiar periodismo. Letras también en algún momento. Mi viejo nunca me apoyó. Me influenciaba para estudiar abogacía, administración de empresas, arquitectura, contaduría. Pasé por todas. Cuando dejé abogacía me echó de la casa. Alquilé una pensión, conseguí un trabajo de medio tiempo en un hotel y me anoté en periodismo. A mitad de año conocí a Laura,nos enamoramos. Bueno,me costó un poco, pero la conquisté. Y después de tres meses nos enteramosque íbamos a ser papás.Los dos dejamoslas carreras. Ella estudiaba psicología. Bueno, usted ya la conoce a Laura. –Scharpini asintió.


–Augusto,a mí me parece que usted está muy estresado, por eso el episodio en el trabajoy el resultado manifestado en un brote.Creo que deberíatomarse unos días,descansar y plantearse seriamente qué es lo que quierehacer de su vida.


–Scharpini llenó unas recetas para clonazepam y un certi- ficado de carpeta médica por un mes para presentar en elsupermercado.


Augusto agarró los papeles pero le hizo saber al médico que no quería volver a otra sesión y que no quería tomar pastillas. Scharpini le dijo que no estabaen condiciones de decidir eso, que lo mejorpara bajar la ansiedad y relajarse era tomar la medicación, y que lo esperaba la próxima semana, que si no lo hacía por él mismo, que lo hicierapor su mujer y su hijo.


Augusto salió del consultorio bastante aturdido a pesar de la descarga que había logrado. No sabía qué hacer. Antes de volver a su casa, caminóun par de horas sin pisar las líneas de las baldosas, como lo hacía desde pequeño. Ya se habíaconvertido en un experto y no le importaba que la gente lo viera si tenía que dar pasos agigantados o pequeños, o si tenía que dar algún salto para no pisar una línea. Todo lo contaba, todo lo agrupaba según categoría en grupos de tres, nueve o veintisiete. Cuando era chico, en la escuela primaria le ponía acento a todaslas palabras y lo remarcabalas veces que fuera necesario. Cuandoleía, tenía que empezar un párrafo una y otra vez, con una minuciosidad de artista, para que su visión pasara exactamente con el mismo foco de atención por cada una de las letras.Lo de la lectura fue una batallaganada, ya que no le quedó más que aceptar que si seguía así no le iba aser posible estudiarnada. Con los años, algunasobsesiones se fueron y otras siguieron estando ahí, acompañando su creci- miento como una necesidad para sobrevivir. Augusto sentía que si no cumplía con estos rituales, su madre moriría. Le costó años de terapia comprender la inexistencia de relación entre agrupar, contar o apoyar cosas y la vida de Ana María Bellucci. El haber conocido a Laura también tuvo mucho que ver con este avance. Estuvo seis meses con carpeta médica, cobrando solo el básico, hasta que le llegó el telegrama de despido. Vivieron unos meses con el sueldode Laura, pero no les alcanzaba. Augusto no lograba salir de la depresión fácilmente, las sesio-nes con el doctor Scharpini ayudaban, pero era un procesolento. Finalmente, por un primo político de Laura, Augusto consiguió trabajo como encargado de un edificio con vivien- da incluida. Se mudaron enseguiday las cosas comenzaron a mejorar. Augusto, al par de semanas de comenzar a tra- bajar allí, dejó de tomar la medicación sin decirle a nadie, ni siquiera a Fernando Scharpini, ni a Laura. Lo que nunca imaginó Augusto fue que en ese edificio hallaría las motiva- ciones que luego lo llevarían a vivir situaciones realmente impensadas hasta ese momento.































PRIMERA PARTE


“Historia clínica”



1


El día que lo trasladaron a la unidad psiquiátrica del hospital Interzonal de Agudos, Augusto Farías había sufrido un brote psicótico que lo dejó inconsciente en el medio de la plaza Colón. Era el segundo brote que tenía en su vida y también el más intenso.

Minutos antes del incidente, Augusto estaba trabajando en el supermercado donde había sido contratado hacía siete años. Durante más de seis horas trabajó en el armado de una exhibición de latas de atún, sardinas y caballa que, combinando sus colores y tamaños, conformaban un barco de tres metros de ancho por dos de alto. Era la más perfecta exposición de Semana Santa que jamás se haya hecho en la cadena. Todas las etiquetas mirando hacia adelante y la simetría con que cada lata estaba acomodada, eran la clara evidencia del trastorno que Augusto padeció desde los ocho años hasta pasado un buen tiempo en las sesiones con su psiquiatra, el doctor Fernando Scharpini, a quien conoció cuando tenía treinta y un años.

Los compañeros de Augusto admiraron el barco, pero su supervisor nunca lo vio entero. Una señora que caminaba distraída por los pasillos llegó a la exhibición y sacó, desafortunadamente, una lata de la parte de abajo del casco del barco. Medio segundo después, la mitad de la torre se desbarató ferozmente al suelo. La gente más cercana a la exhibición se acercó a mirar y, en pocos segundos, más compañeros se acercaron a ver lo que había ocasionado semejante ruido. La señora no sabía a quién pedirle disculpas, tenía su lata entre sus manos, que le temblaban de la vergüenza. Augusto Farías la miró fijamente como un depredador a su presa. La presión sanguínea se le elevó, sintió que algo se rompía adentro suyo, fue como un segundo de lucidez antes de perder por completo el sentido de la realidad. Permaneció en silencio un instante, no escuchó nada más, la gente movía la boca pero él no escuchaba nada. De pronto, volvió a oír los ruidos propios del ambiente a un volumen tan alto que sintió un dolor punzante en los oídos y, a los pocos segundos, otra vez un sonido normal. En ese preciso instante, el manto de cordura que le quedaba a Augusto Farías, se había volado por completo.

- ¡Vieja de mierda! - Gritó exaltado.

Todos hicieron silencio y lo miraron anonadados. La señora no sabía qué decirle. Augusto comenzó a caminar hacia la mujer profiriéndole una serie de improperios irreproducibles. El supervisor llegó al lugar y se enteró del desastre, un hombre al que nadie conocía insultaba a Augusto por gritarle a la señora, dos compañeros lo agarraron de los brazos antes de que llegara hasta donde estaba la mujer. Parecía un animal sin control. Comenzó a sacudirse queriendo soltarse, se tiró al piso gritando en un verdadero estado de euforia y soltando lágrimas de impotencia. En el forcejeo le pegó una patada en la cara a uno que trataba de agarrarle una pierna, y cuando por fin pudo liberarse de las manos que lo sujetaban, corrió sin rumbo, chocó con unas botellas de vino que se reventaron contra el suelo, llegó hasta la puerta y salió a la calle totalmente desbordado. El supermercado quedó en un silencio inentendible.


Un día, de los quince con sus noches, que pasó en la unidad psiquiátrica, Augusto me contó con una voz de ultratumba, que cuando salió a la calle huyendo del supermercado, todo el contexto se tornó de un gris violáceo que le pareció apocalíptico. Sin embargo siguió corriendo, sin destino marcado, solo obedecía al intento de sus piernas por escapar hacia algún sitio. No recordaba nada más, hasta que lo despertó una enfermera en la plaza.

En el hospital no hablaba con nadie, solo con Laura Bielinski, su mujer; con su madre, Ana María Bellucci y conmigo, las tres veces que pude ir a visitarlo.

Sedado como estaba, Augusto se levantaba solo para ir al baño y para fumar en un pequeño patio de dos por dos que era un pulmón del edificio.

Durante las dos semanas que estuvo ahí escribió en una libreta que me pidió, algunas prosas violentas sobre su situación, sobre la inconformidad que sentía ante su vida y sus frustraciones profesionales, y le dedicó unas carillas a su padre, Vicente Farías, quien fue para Augusto, el culpable de todos sus males y fracasos. El día que le dieron el alta, Augusto me dio los diarios y me pidió que los guardara, no me dio razón alguna ni tampoco pregunté.

Cuando volvió a su casa, estuvo encerrado en su habitación por más de una semana, lapso en el cual escribió dos prosas más, que también me entregó para su cuidado.

Laura lo obligó visitar al doctor Fernando Scharpini, un psiquiatra veterano que atendía en un consultorio, en un centro de atención donde ella trabajaba de secretaria.


La primera sesión con el doctor Scharpini fue bastante tirante. El doctor lo hizo pasar muy amablemente. Augusto entró y apenas movió la cabeza para corresponder al saludo. El consultorio era muy cálido, el ambiente estaba aromatizado por sahumerios de vainilla, la biblioteca rebalsaba de libros de todo tipo, había sillones capitoné de uno y dos cuerpos, pero Augusto se sentó directamente en la silla frente al escritorio. Estuvieron un par de minutos en silencio, sin pronunciar ni una palabra, haciendo que el leve zumbido de la lámpara del escritorio se tornara insoportable para Augusto.

- Bueno. Augusto Farías. ¿Qué lo trae por acá? - Dijo por fin el doctor.

Augusto no sabía qué responder. Después de todo fue su mujer la que le insistió para que fuera. Él hubiese preferido quedarse en su conflicto interno, sin moverse, apenas existiendo.

- Mi mujer. - Respondió Augusto reacio.

- ¿Su mujer?

- Ella me convenció para que viniera.

El doctor lo miraba como si las pocas palabras que había pronunciado le hubieran sido útiles para comenzar a hacer un análisis de lo que le pasaba. Augusto sabía que el doctor esperaba que continuara su relato, así que, como pudo, prosiguió.

- Hace un tiempo tuve un brote. - Masculló Augusto.

Desconfiaba hasta de lo que decía, sentía que estaba allí dando un papel de víctima, se sentía enfermo, por momentos afiebrado. Él no era un loco, no quería estar ahí.

El doctor lo escuchaba con atención. Finalmente Augusto le contó todo el incidente, como se lo acordaba, con algunos baches en el momento del supermercado, algo de la corrida hasta la plaza, perseguido por esa niebla que era dueña de todo el entorno. Recordaba hasta que llegó a la plaza y ahí todo se volvió negro.

- Tengo una imagen de una enfermera tratando de reanimarme. Y después lo único que me acuerdo bien es a partir de que me desperté en el hospital. Laura estaba ahí, al lado mío.

- ¿Cuándo fue esto Augusto? - Preguntó el doctor tranquilamente.

- Hace un mes. - Respondió mirando un punto fijo del escritorio. – Estuve dos semanas en la unidad psiquiátrica del hospital. Sedado. - Augusto sonreía irónicamente, pero al oír sus propias palabras, no encontraba manera de comprender que era de él mismo de quien hablaba.

- Doctor, necesito un cambio en mi vida. - Replicó eufórico Augusto.

- ¿Qué tipo de cambio?

- No sé, quiero dedicarme a escribir y la verdad que no tengo el tiempo, y cuando lo tengo no me dan ganas.

- Está muy bien lo que dice Augusto. Necesita ponerse tiempos fijos para escribir, como un trabajo normal. Y si no es eso puede hacer otra cosa.

- ¡No! - Replicó Augusto apresurado. – No quiero hacer otra cosa nunca más, ya hice demasiadas cosas que no quería.

- ¿Y por qué no hace lo que le da satisfacción entonces?

Augusto miraba al psiquiatra como un niño al que le hablan y no entiende. No respondió nada. Su queja era muy profunda y él no sabía cómo encararla. Se sentía desdichado porque, para él, ir a trabajar era una tarea extenuante que lo obligaba a usar su tiempo del día para preocuparse por situaciones de una empresa, para así llegar a casa tarde, cenar e ir a dormir, y al otro día sería igual, la alarma del reloj, un despertar tosco, insistente, inquisidor. Augusto daba cualquier cosa por poder trabajar de lo que él amaba.

- Cuénteme de usted. - Dijo Scharpini.

Augusto permaneció en silencio unos instantes que le parecieron eternos. No sabía qué decir, se preguntaba si en verdad no sabía quién era. Trató de encontrar las palabras precisas, buscando en lo más recóndito de su ser. Luego de unos minutos miró al doctor como quien se despertara de una larga pesadilla, sin memoria, sin recuerdos, casi sin pulso, queriendo borrar su imagen del mapa.

- Siento que no sé quién soy. – Exclamó, asombrado de sí mismo.

Scharpini hacía anotaciones en su cuaderno. Augusto permanecía en la silla. Se miraba en el reflejo del vidrio del escritorio y movía los dedos apresuradamente, como en una inercia enfermiza producto de la ansiedad. Sus ojos parecían ver más allá de lo que se veía en esa habitación. De repente, Augusto se paró efusivamente.

- ¿Qué anota? - Preguntó con rabia. El médico lo miraba con cierta cautela.

- Lo que usted me va contando. Hago anotaciones de las cosas que me parecen importantes.

- ¿Y usted sabe cuáles son las cosas importantes?

El doctor parecía tan sereno que Augusto sintió ganas de romperle la cabeza con la lámpara del escritorio.

Luego de un suspiro melancólico dejó caer sus brazos y miró al doctor con ojos vidriosos.

- Me quiero ir.

- Augusto, siéntese por favor, ya terminamos. - Scharpini reforzó su frase con una sonrisa cordial y señalando la silla de Augusto con la mano. Este lo miró y sintió que Scharpini era la única esperanza que le quedaba. Se sentó sin estar convencido.

- Doctor, usted no me conoce y yo no lo conozco a usted. Sinceramente todo esto me parece ridículo.

- ¿Qué le parece ridículo?

- Estar acá contándole mis cosas a un desconocido. Con todo respeto doctor, pero me siento enfermo estando acá.

- Usted acaba de tener un brote psicótico Augusto. ¿Adónde quiere estar? – Indagó Scharpini con autoridad. - ¿Por qué está tan enojado? - Augusto lo miró fijamente sin saber qué responder. Al cabo de unos segundos pareció encontrar las palabras.

- Creo que estoy enojado porque nunca hice lo que quería. Porque toda la vida hice lo que mi papá pretendía que hiciera. Siempre complaciendo sus necesidades, estudiando carreras que a él le gustaban. Y después, cuando por fin pude acercarme a lo mío, tropiezo con el amor tan lisa y llanamente involucrado, que no medí ninguna consecuencia y fui padre antes que novio y tuve que dejar todo. Augusto se sintió un poco más aliviado después de soltar estas palabras.

- ¿Qué es lo suyo? ¿Qué es lo que tuvo que dejar?

- Me gusta escribir. - Scharpini anotaba. - Quería estudiar periodismo. Letras también en algún momento. Mi viejo nunca me apoyó. Me influenciaba para estudiar abogacía, administración de empresas, arquitectura, contaduría. Pasé por todas. Cuando dejé abogacía me echó de la casa. Alquilé una pensión, conseguí un trabajo de medio tiempo en un hotel y me anoté en periodismo. A mitad de año conocí a Laura, nos enamoramos. Bueno, me costó un poco, pero la conquisté. Y después de tres meses nos enteramos que íbamos a ser papás. Los dos dejamos las carreras. Ella estudiaba psicología. Bueno, usted ya la conoce a Laura. - Scharpini asintió.

- Augusto, a mí me parece que usted está muy estresado, por eso el episodio en el trabajo y el resultado manifestado en un brote. Creo que debería tomarse unos días, descansar y plantearse seriamente qué es lo que quiere hacer de su vida. - Scharpini llenó unas recetas para clonazepam y un certificado de carpeta médica por un mes para presentar en el supermercado.

Augusto agarró los papeles pero le hizo saber al médico que no quería volver a otra sesión y que no quería tomar pastillas. Scharpini le dijo que no estaba en condiciones de decidir eso, que lo mejor para bajar la ansiedad y relajarse era tomar la medicación, y que lo esperaba la próxima semana, que si no lo hacía por él mismo, que lo hiciera por su mujer y su hijo.

Augusto salió del consultorio bastante aturdido a pesar de la descarga que había logrado. No sabía qué hacer. Antes de volver a su casa, caminó un par de horas sin pisar las líneas de las baldosas, como lo hacía desde pequeño. Ya se había convertido en un experto y no le importaba que la gente lo viera si tenía que dar pasos agigantados o pequeños, o si tenía que dar algún salto para no pisar una línea. Todo lo contaba, todo lo agrupaba según categoría en grupos de tres, nueve o veintisiete. Cuando era chico, en la escuela primaria le ponía acento a todas las palabras y lo remarcaba las veces que fuera necesario. Cuando leía, tenía que empezar un párrafo una y otra vez, con una minuciosidad de artista, para que su visión pasara exactamente con el mismo foco de atención por cada una de las letras. Lo de la lectura fue una batalla ganada, ya que no le quedó más que aceptar que si seguía así no le iba a ser posible estudiar nada. Con los años, algunas obsesiones se fueron y otras siguieron estando ahí, acompañando su crecimiento como una necesidad para sobrevivir. Augusto sentía que si no cumplía con estos rituales, su madre moriría. Le costó años de terapia comprender la inexistencia de relación entre agrupar, contar o apoyar cosas y la vida de Ana María Bellucci. El haber conocido a Laura también tuvo mucho que ver con este avance.

Estuvo seis meses con carpeta médica, cobrando solo el básico, hasta que le llegó el telegrama de despido. Vivieron unos meses con el sueldo de Laura, pero no les alcanzaba. Augusto no lograba salir de la depresión fácilmente, las sesiones con el doctor Scharpini ayudaban, pero era un proceso lento. Finalmente, por un primo político de Laura, Augusto consiguió trabajo como encargado de un edificio con vivienda incluida. Se mudaron enseguida y las cosas comenzaron a mejorar. Augusto, al par de semanas de comenzar a trabajar allí, dejó de tomar la medicación sin decirle a nadie, ni siquiera a Fernando Scharpini, ni a Laura. Lo que nunca imaginó Augusto fue que en ese edificio hallaría las motivaciones que luego lo llevarían a vivir situaciones realmente impensadas hasta ese momento.