Mi amigo Truman Capote



Una tarde de 1976 el fotógrafo chileno, Martín Huerta, se cruzó con Truman Capote, y desde entonces se hicieron amigos. Esto escribió a propósito de aquel encuentro.


En la década de los ’60, durante mi viaje hacia los Estados Unidos de Norteamérica como polizonte en un buque escuela, llevaba conmigo un libro editado por la Editorial Zig Zag llamado El arpa de hierba. Pertenecía a un, para mí, desconocido escritor llamado Truman Capote de ese país.


Truman, -supe luego- había nacido en septiembre de 1924 entre dos estúpidas guerras, en el adentrado sur de los Estados Unidos. Allí, en New Orleans, Alabama y con el apellido Persons, este niño se apareció a la vida y fue apodado “Buddy”.


1924 fue un año trascendente en el que también Andrè Breton dio a conocer el primer Manifiesto Surrealista.


Entonces tenemos que Truman o “Buddy” era hijo de una niña-mujer de nombre Lillie Mae Faulk y de un amante de la vida disipada, de dudosas habilidades y carente de obligaciones; tipo “bala perdida” , llamado Arch Persons. Y, naturalmente, el matrimonio entre estos dos personajes duró lo que dura una flor.


Lillie, al revés que su esposo y para no quedarse entre bastidores por toda la vida; cogió ambiciones mayores y una de estas era estudiar una carrera universitaria. Pronto se marchó hacia New York; la Gran Ciudad y como en la especie humana; el abandono de los hijos es casi una constante, también se evaporó Arch, quedando “Buddy”; por esas cosas buenas del destino, al cuidado de una tía medio tullida, de pelo cano y corazón generoso llamada Sook Faulk. Sook, quien, víctima de su ignorancia provinciana, le hizo creer al muchacho que todo lo que acontecía en la vida era por voluntad del altísimo cielo. Punto.

Y Sook y Truman sobrevivieron a dos prédicas y un repique en un pequeño pueblo llamado Monroeville. Transcurridos ocho años de ausencias, Lillie compareció ante el oficial civil con un mocetón de orígen cubano conocido en las “bodeguitas” de los suburbios de Nueva York como Joseph García Capote.


Como era época de depresión en los Estados Unidos, y la vida de Truman seguía transcurriendo con apreturas económicas, una gran carencia de amor de parte de sus progenitores y la indefinición en cuanto a sus apellidos, al muchacho se le fue formando una difícil personalidad. A instancias de Sook, “Buddy” se lo dibujaba todo, aprendió a bailar claqué, los domingos se calzaba zapatos y concurría con Sook a los servicios religiosos de la iglesia; allí cogió un nuevo desajuste cuando por causal de su voz chillona fue marginado del coro de monaguillos. Entonces le dio por observar y reírse de las gentes, durante los oficios religiosos con las negras gordas que cantaban los spirituals se hacía el despistado y les pasaba a llevar los sombreros con tules de encaje, escondía las biblias y ponía ají en las ostias, para a hurtadillas ver la reacción de las beatas. Luego ansió tener un rifle de aire almacenado. A espaldas de Sook un familiar lejano le trajo uno y, no bien lo tuvo, apuntó a un mirlo; desgraciadamente con puntería de campeonato lo que le acarreó una gran náusea existencial. De hinojos prometió a Sook que nunca más dispararía… Se deshizo del rifle pero ninguno le escuchó decir que no seguiría disparando desde otros púlpitos, esta vez a la gente. Junto al Manifiesto Surrealista había nacido un iconoclasta. Truman Persons se mudó hacia New York donde cogió para sí el segundo apellido de su padrastro: Capote.


Truman Capote y el fotógrafo Martín Huerta.

Prontamente comienza a trabajar como corrector y luego como periodista en la revista The New Yorkers. Hacia 1948 publicó su primer libro Otras voces, otros ámbitos con una excelente crítica; donde plantea en forma directa el tema de la homosexualidad. “Buddy” creó celebridad y se dedicó también a escribir en revistas de farándula y su estilo le trajo reconocimiento celestial en los ámbitos académicos. Como es usual que en los círculos arribistas reine la banalidad y la incultura, sus participantes iletrados; para las apariencias, se acercan a gente que piensa y desde entonces Truman comenzó sus devaneos con la High society. No había fiesta en la ciudad donde no estuviera invitado “Buddy” y la nobleza europea y todos darían la mitad de sus fortunas por aparecer citados en sus columnas. Con la publicación del libro Plegarias atendidas, desde donde disparó con la precisión de un francotirador escogido a cuanto arribista fuera amigo o no, se convirtió en el más chismoso; (“gossip”) de la ciudad de New York; lo que era mucho decir porque la Gran Manzana es inmensa y además, andan revoloteando en ella enormes rebaños de personas llamadas visitantes de paso o turistas.


En 1951 publicó El arpa de hierba ¿Recuerdan ese libro de mi viaje como polizonte? Comenzaba así:


Cuvierta original de El arpa de hierba.

¿Cuándo oí por primera vez sobre el arpa de pasto? Mucho antes del otoño que vivimos en el cinamomo; entonces un otoño tempranero; y por supuesto fue Dolly quien me dijo, nadie más habría sabido llamarla así, un arpa de pasto. Si al salir del pueblo usted toma el camino de la iglesia, pronto pasará una deslumbrante colina de tablas color blancohueso y flores de un castaño quemado: es el cementerio bautista. A nuestra gente, Talvos, Fenwicks, se les entierra allí; mi madre yace próxima a mi padre, y las tumbas de veinte o más parientes los rodean como retorcidas raíces de un árbol pedregoso. Bajo la colina crece un prado de alto pasto indio que cambia de color con las estaciones; vaya a verlo en el otoño, a fines de septiembre, cuando se ha tornado rojo como la puesta de sol, cuando las sombras escarlatas como llamas soplan sobre él y los vientos otoñales rasguean sus hojas secas suspirando música humana, un arpa de voces…


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