Dino, el recordado Secretario de Redacción de la revista PROA



La vida de otro Rivadavia, descendiente de Bernardino pero que prefería ser llamado Cachi o Dino. Pantallazos que pasan por sus libros, sus historias a veces desopilantes y el resurgimiento de la revista “Proa”.


Llamarse Bernardino Rivadavia, no es nada casual y puede suceder por dos cosas, ser huérfano o gitano, y tener la necesidad de un apellido, otorgado siempre por un funcionario, que daba a elegir de una lista de presidentes patricios y próceres. La otra forma de apellidarse Rivadavia, es ser descendiente del prócer y tener ese linaje patricio incorporado a lo que se es, tal el caso de Dino o Cachi Rivadavia, sobrenombres por los cuales lo llamábamos sus amigos en los ámbitos donde se urdían o circulaban las movidas culturales de los años 60 y 70, en esta ciudad de Buenosaires, llamada así por el polaco Gombrowicz, a quien este Dino Rivadavia, conoció y detestó, por considerarlo un soberbio y perteneciente a una nobleza plebeya como la polaca.


Esta actitud, no exenta de un dejo de desprecio, la hacía extensiva a todas las noblezas europeas e incluía también a la oligarquía criolla. Consideraba a los Anchorena esquiladores de ovejas y colchoneros. A los Mitre, dueños del diario La Nación, simples diarieros y portadores de un apellido albanés, lo cual los alejaba de cualquier aristocracia europea, puesto que Albania era un país de escaso prestigio por su nula producción cultural. Estas categorizaciones duras, tenían muchas veces el viso de la humorada o la provocación. Sin embargo, otras opiniones del tipo: “Este no es un país hecho por inmigrantes, es un país hecho por indios y criollos, al cual llegaron gringos”, se volvían más sólidas y esa palabra, dicha por alguien, descendiente de Leonor Yupanqui, hija del Inca casada con el español Juan Ortiz de Zárate, se tornaba casi irrebatible. Aunque a veces, lo rebatible era aceptado y el humor se expandía como una expresión de la inteligencia y el ingenio, como aquella tarde, que en el bar de la Galería del Este, alguien le preguntó:

-¿Seguís trabajando en el banco de Londres?

-¡Dónde querés que trabaje, si me llamo Rivadavia! –A lo que el otro replicó.

-Siempre al servicio del imperio inglés.


El bulín


Así llamaba Bernardino, a esa casilla construida al costado de la casa paterna, en el barrio Cafferata. Uno de los orgullos del bulín, era la biblioteca de unos 20.000 volúmenes que cubría las cuatros paredes de ese ámbito, donde se mezclaban reproducciones de El Bosco, con un óleo original de Jorge de la Vega y móviles de Calder a escala que poblaban el espacio. En una vitrina iluminada, una colección de insectos exóticos, bien podría ser la envidia de cualquier entomólogo. Esa luminosidad se expandía sobre una de las columnas, donde estaba enmarcada una carta de Julio Cortázar, en la cual el creador de Rayuela, reconocía haberse inspirado en un cuento de Horacio Quiroga, para escribir uno de sus relatos, tal como se lo señalara Bernardino en una epístola breve que mereció esa respuesta, lucida como un trofeo.


De los miles de libros que poblaban los estantes, muchos eran primeras ediciones, pero no porque fuera un bibliófilo, sino que su avidez de lectura muchas veces lo llevaba a adquirirlas apenas llegaban a las librerías, tal el caso de las obras de Borges, pero, también atesoraba ciertas joyas como diversas ediciones tanto en inglés como en español, de Alicia en el País de las Maravillas, porque el universo de este Bernardino, compartía en cierto punto la magia alucinada del texto de Lewis Carroll y los azarosos caminos trazados por Borges en su literatura.


A Borges lo había entrevistado para la revista Humor, la grabación duraba unas 3 horas, pero la editorial por cuestiones de espacio, solo publicó un tercio del reportaje, donde el inefable entrevistado le contaba entre otras cosas, acerca de un primo estanciero que solía practicar la zoofilia. Una costumbre salvaje, pero bastante común entre los pobladores campestres quienes suelen darse a los amoríos con vacas y ovejas. Se podría afirmar que, Rivadavia era un hombre de saberes enciclopédicos, los cientos de diccionarios que iban desde las lenguas a el psicoanálisis, pasaban por el lunfardo y las aves, nos llevan a esta afirmación, la cual nos habla de un hombre de otro tiempo, donde el saber era valorado con esa mirada, pero no por ello dejaba de tener un espíritu crítico.


Elegancia


La elegancia de Rivadavia no era la elegancia de aquel que viste a la última moda, eso lo ubicaría en un lugar no deseado por él, durante muchos inviernos se abrigó con una capa negra y un echarpe rojo, al estilo Aristide Bruant, era imposible no advertirlo por las calles del micro centro, donde se hallaba parte de la geografía urbana por la cual se movía. Una de las vías de su periplo diario , era la calle Florida desde el principio, puesto que muy cerca se encontraba la sede central de la Banca Lloyd, hacia los confines de la Plaza San Martín donde solía recalar en el Florida Garden, el Bárbaro o el bar de la galería del Este, los lugares donde uno se encontraba con personajes como el director de teatro y cineasta Sergio Mulet, muerto en un episodio de violencia de género en Transilvania y pintores como Carlos Pfeiffer, Pedro Roth, Domingo Onofrio, Yuyo Noé, el grabador Roberto Páez, el librero y editor Falbo y músicos de cultura infrecuente dentro los círculos del rock, como Javier Martínez y Pajarito Zaguri.


Cierta tarde, a fines de una primavera álgida, como lo eran las primaveras de los años 70, Rivadavia caminaba, mientras fumaba los Benson & Hedges extra largos, por la calle Florida. No había cuadra en la cual no se detuviera a saludar a alguien e intercambiar alguna palabras, pero, esa vez la caminata se vio interrumpida cuando al llegar a la altura de Lavalle, lo interceptó un policía que, mientras caminaban rumbo a la comisaría 1era, le decía:

-El comisario me pidió que lo llevara, no está detenido, solo quiere conocerlo.

El comisario entrenado en la curiosidad policiaca, quería saber entre otras cosas, por qué se vestía de ese modo, con un traje rojo como el de esa tarde, por ejemplo. A lo que Bernardino respondió:

-Porque se me canta… soy Bernardino Rivadavia, hasta luego.

Intempestivamente, salió del despacho y a paso raudo se fue de la taquería, como a él le gustaba nombrarla en lunfardo.


Años 70


La violencia de esos años y el terrorismo de estado no le fueron hechos ajenos, las idas a tomar un vino y extender charlas hasta la madrugada, se fueron espaciando por cuestiones de seguridad, por el exilio de algunos y el encarcelamiento y desaparición de otros. Algunos textos y poemas, dan cuenta de ese dolor expandido por las calles de la ciudad que tanto amó. Algunas noches, en que ganados por cierta influencia de los vinos bebidos, junto al poeta y librero Sergio Rondán, solíamos llamarlo un poco para torearlo y otro poco para saber cómo estaba.

-¡Paren de tomar vino!

-Estamos planificando la revolución.

-¡Revolución! Déjense de joder con la revolución, van a terminar en una cuneta.

El dialogo un tanto desopilante, dejó de serlo, cuando una noche con Rondán atravesamos la ciudad en un taxi, desde Palermo al Barrio Cafferata, porque una patota policial le había reventado el bulín. Al igual que el comisario curioso, ellos también querían saber quién era y lo hicieron dando vuelta algunos muebles y tirando los libros de los estantes. Después de ese episodio dejamos de “planificar la revolución” por un tiempo.


Proa


Dos cosas tenía en el debe este Rivadavia, viajar a Europa y dirigir una revista literaria, las dos cosas pudo cumplirlas, cuando Roberto Alifano, secretario de Borges durante varios años, acompañado por el aliento de Adolfo Bioy Casares, Silvina Ocampo, Marco Denevi, Angel Mazzei, Ernesto Sábato, León Benarós, Eduardo Carroll, Raúl Casal, Juan José Hernández, los mexicanos Octavio Paz y Juan José Arreola, el peruano Augusto Tamayo Vargas, los venezolanos Arturo Uslar Pietri y Juan Liscano, los chilenos Jorge Edwards y Nicanor Parra y los españoles Camilo José Cela y Miguel Delibes, decidió editar nuevamente la revista Proa y lo nombraron secretario de redacción. Gracias a un canje publicitario se consiguieron los pasajes y la cuenta del viaje a España, Francia e Italia, fue saldada. Las impresiones del viaje habían decepcionado en parte sus expectativa, con respecto a Francia decía: “París está lleno de árabes y africanos, casi no hay franceses”. De Italia la opinión no dejaba de ser acertada al decir: “El arte está todo atiborrado, escuchan tarantelas todo el día y no fabrican nada, todo lo importan de China”. La más lapidaria era su mirada sobre España: “Me dieron pena los españoles, viven en el peor de los gobiernos, la monarquía. Aunque comparado con Franco, cualquier cosa es mejor”. Esas apreciaciones daban un giro, cuando hacía referencia a los bistró, las tabernas y tascas recorridas en ese periplo, donde su apetito de gourmet había sido saciado y regado con los buenos vinos mediterráneos. Pero, la aventura de Proa tuvo un final cuando le diagnosticaron un cáncer de próstata, al cual enfrentó del peor modo. Se recluyó en el bulín y optó por la actitud onettiana de permanecer todo el tiempo en la cama, sin salir a la calle para lo más mínimo. Ese abandono, lo llevó por un lado a alejarse de sus vínculos afectivos y amistosos, pero también a la obesidad, contribuyó y fue parte del aislamiento, en sus últimos y trabajosos días de vida, llegó a pesar cerca de 220 kilos.



Esto lo llevó a una relación de permanente tirantez y episodios violentos con su hermana solterona, con la cual compartía el caserón familiar. En esa diatriba, como si se tratará de una farsa teatral, muchas veces estaba presente el sable del comodoro Rivadavia, como arma amenazante de terminar con una de las dos vidas. La sangre, como dice el dicho, no llegó al río, pero, la muerte se cristalizó de otro modo, cuando una noche de finales de la primavera, Rivadavia tomó un frasco de barbitúricos que lo llevaron a los misterios de la muerte, como el nombraba a ese viaje. El odio sentido por la hermana hacia su hermano, una vez muerto, cambió de objeto y ante la ausencia física, ese sentimiento lo traslado a los libros, a la biblioteca. Nunca prestó atención a las advertencias de que en el lugar donde estaban amurados los estantes de la biblioteca, había goteras que iban dañando los volúmenes expuestos, como también los muebles y artefactos, como el grabador Geloso, donde estaba la cinta grabada con la entrevista a Borges.


Libros


En el 79 la Editorial Atlántida, le publica a Bernardino, Marizul, sueña que sueña, que sueña; un cuento para niños ilustrado por Aninés Macadán, el libro me fue obsequiado con una dedicatoria muy recordable: “Para un hermano de selva”. Las vueltas de la vida, las azarosas mudanzas de esos años y otras desprolijidades, hicieron que perdiera el ejemplar.


En el año 2004, publiqué mi segundo libro de poesía, con ediciones Tierra Firme, el prólogo y la presentación del libro fueron dos atenciones de Rivadavia. En el ejemplar dedicado a él, mi dedicatoria era una devolución a la suya: “Como dijimos años atrás… para otro hermano de selva”. Hace dos inviernos, en un festival de poesía en Lobos, al que fui invitado, extravié o una mujer alocada me sustrajo el único libro que me quedaba. No hace muchos días, encontré a la venta en Mercadolibre, un ejemplar con una dedicatoria del autor, por supuesto, lo compré al descubrir que era el dedicado a Rivadavia. Con Federico Barea, el librero comprador de parte del despojo de la biblioteca destruida, nos quedamos un par de horas conversando. Ahí me enteré que uno de los sobrinos, había internado a la tía en un geriátrico, donde murió un par de años atrás y le vendió parte de la biblioteca para solventar los gastos de la internación. Cuando le comenté los motivos de la compra y el por qué de la dedicatoria, me dijo:

-Ese libro lo tengo.

-También te lo compro.

-No, no te lo vendo, te lo devuelvo, si es tuyo.

Lo increíble de esta historia es que el encuentro con ambos libros, se dio un 3 de noviembre, el día que Dino, Cachi o Bernardino, cumplía sus años. Una casualidad o sincronización que maravilló a la poeta y editora Claudia Schvartz, quien unos días después de iniciada la cuarentena en esta era de Covid, me pidió la escritura de una semblanza sobre este Rivadavia, que fue una especie de prócer, pero de cosas muy diferentes a las de su antepasado. Puedo recordar un dialogo telefónico, mantenido una noche, cuando los sojeros se envalentonaban por la ley 125 que, les iba aumentar las retenciones a la exportación dos puntos, solo dos puntos.

-¡Qué joda que estoy postrado! ¡Sino ya andaba con un garrote por Barrio Norte, cagando a palos a estos gringuitos, panza y culo colorado!

Algo quedó en el tintero


Siempre que se escribe una crónica, un relato, una nota, al finalizarla y concluir todas las correcciones posibles, hay algo no dicho, no escrito, dejado de lado por equis motivo y convertido en eso llamado: Lo que quedó en el tintero. Con alguien como Bernardino, se pueden agotar muchos tinteros, y siempre algo quedará inconcluso, porque cierto es, que también hay mucho para contar, decir e inventar, en una relación de amistad que duró unos cuarenta años. Entre lecturas de libros, discusiones políticas, algún alejamiento que al presentarse alguna situación complicada se desvanecía, porque el enojo por una situación vivencial o una discusión política, no podía romper el contar con el otro en la mala. Porque también el bulo de Rivadavia, a veces, se convertía en el Bulín de la calle Ayacucho, ese, donde tantos muchachos, en su racha de vida fulera, encontraron marroco y catrera. Y demás está decir, que era uno de los pocos tangos que le gustaban.

En esos días del año 74, yo trabajaba como cadete en una fábrica de camisas por Villa Crespo, donde salía de trabajar a las 6 de la tarde. La 6 de la tarde era el momento más feliz del día, porque dejaba atrás a las planchadoras paraguayas, a los cortadores de tela, a los dueños gordos y a sus hijos estúpidos. Entonces, iniciaba mis periplos por la calle Corrientes, desde Pringles a Florida, mis paradas se repetían casi siempre en los mismos cafés y en las mismas librerías y vidrieras. Uno de los bares era él La Paz y una de las librerías era Fausto, no el local central, sino uno cruzando el Obelisco para el lado del bajo. Ahí, me había hecho como medio amigo, de uno de los vendedores, Sergio Rondán, al que después de comprarle Demian de Herman Hesse, me decía:

-¿Esto leés? Tenés que leer Nanina de Germán García.

Fue en una de esas recomendaciones, que terció Rivadavia, para decir que García era un mal escritor.

Por supuesto, que pasado un tiempo, el devenir del Sinclair de Hesse, resultó ser la tribulación espirituosa de un nene burgués, individualista y boludo. El reverso, a ese Germán, que se va desde Junín a Buenos Aires, que también era yo, huyendo de Montevideo a Buenos Aires de algunos infiernos. Entre esos recuerdos salvajes, de aquellos que están con nosotros hasta que también nosotros no estemos, está Rivadavia. Tan vivo, en los diálogos telefónicos de nunca acabar y a cualquier hora.

en la remembranza de otras lecturas recomendadas, que fueron de Pessoa a Clarice Lispector y de Saki a Felisberto Hernández y de las obras que debía tener en mi biblioteca, entre ellas, la Enciclopedia Británica. Pero también, en lo descarnado de las amistades, y en el tiempo que corre desde el conocerse hasta que todo comienza a concluir y volverse otra cosa. Y en esa sustancia elaborada en el tiempo, uno de pronto se asoma en los vínculos que unen otros vínculos y de pronto solo queda uno, como testigo y sobreviviente, de las miserias, las alegrías, las confesiones y todo aquello que pueda quedarse en el tintero, como la última conversación, en esa noche casi sin fecha, cuando al atender el llamado, Rivadavia me dice:

-Hermano, me olivo, me tomé 3 frascos de pastas.

-No. Llamo a la ambulancia.

-No seas boludo, chamuyemos hasta que no se me entienda.

Y así estuvimos, en ese chamuyo de aguante, hasta que la lucidez le dio paso al balbuceo. Y entre la boludez y la ética elegí la ética. Elegí la posibilidad de dudar y decidir y cuando lo inaudible se hizo silencio, en ese instante, me di cuenta que Dino, era el último de un puñado de amigos, de los que fuimos hermanos en esta selva.


Eduardo Silveyra

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