¡Que viva Andrés! La carta suicida que Andrés Caicedo le envió a su madre


"Nací con la muerte adentro y lo único que hago es sacármela para dejar de pensar y quedar tranquilo"


En 1975, dos años antes quitarse la vida con 60 pastillas de Secobrbital, Andrés Caicedo le escribía esta carta a su madre. Era el primero de tres intentos de suicidio. Para el 4 de marzo de 1977, cuando por fin lo logró, dejó un baúl con novelas, cuentos, obras de teatro, críticas de cine, diarios y correspondencia. Su novela más conocida, Que Viva La Música, llevaba apenas una semana en la calle y de ella solo pudo ver un ejemplar. Poco antes, había publicado otro libro, El Atravesado, costeado por su madre. Tenía nada más que 25 años y había escrito, dirigido y actuado en películas mientras crecía en los 60s del hipismo, chupando ácido y fumando marihuana, siempre acompañado de música Rock.


Escribió con tal vitalidad que pareciera que decidió gastarse toda su vida en los primeros 25 años. Una gran llamarada - explosiva- que aun sigue quemando, desparramando el brillo sucio de su Cali infernal.


Mamacita: Cali, 1975.


Un día tú me prometiste que cualquier cosa que yo hiciera, tú la comprenderías y me darías la razón. Por favor, trata de entender mi muerte. Yo no estaba hecho para vivir más tiempo. Estoy enormemente cansado, decepcionado y triste, y estoy seguro de que cada día que pase, cada una de estas sensaciones o sentimientos me irán matando lentamente. Entonces prefiero acabar de una vez.


De ti no guardo más que cariño y dulzura. Has sido la mejor madre del mundo y yo soy el que te pierdo, pero mi acto no es derrota. Tengo todas las de ganar, porque estoy convencido de que no me queda otra salida. Nací con la muerte adentro y lo único que hago es sacármela para dejar de pensar y quedar tranquilo.


Acuérdate solamente de mí. Yo muero porque ya para cumplir 24 años soy un anacronismo y un sinsentido, y porque desde que cumplí 21 vengo sin entender el mundo. Soy incapaz ante las relaciones de dinero y las relaciones de influencias, y no puedo resistir el amor: es algo mucho más fuerte que todas mis fuerzas, y me las ha desbaratado.


Dejo algo de obra y muero tranquilo. Este acto ya estaba premeditado. Tú premedita tu muerte también.



Es la única forma de vencerla.


Madrecita querida, de no haber sido por ti, yo ya habría muerto hace ya muchos años. Esta idea la tengo desde mi uso de razón. Ahora mi razón está extraviada, y lo que hago es solamente para parar el sufrimiento.


Los textos de Caicedo muchas veces traspasan las fronteras de sus propios títulos; los personajes y las tramas se repiten dando lugar a un nuevo y más amplio universo. En la acumulación de detalles y acciones semejantes su invención se vuelve multidimensional. La carne escrita parece ser carne, y la muerte escrita también.


Esto dice, por ejemplo, en un fragmento de Que Viva La Música:


Que Viva La Música editado por Alfaguara

Caminó despacio hasta el centro, saludando amable. Llegó al edificio de Telecom, subió en ascensor (cosa que siempre le dio miedo), y se tiró de cabeza, con las manos tapándose los oídos, desde el treceavo piso.

¡Ahhhhhh a mí no me digan na! Yo me quedo callada y no hablo más. Todos pertenecemos a lo mismo todos hemos tenido las mismas oportunidades, qué le vamos a hacer si nos tocó la época en la que somos eternos seducidos y luego abandonados, las moscas no nos buscan porque ya han inventado un incienso que huele a cereza y miles de perfumes para la rumba. No me gusta que demos imagen de gente que pierde, que no sabe en qué clase de juego se metió. Pensando y pensando fue que se me ocurrió que no fue derrota el acto de Mariángela, que cuando se tiró supo que llevaba todas las de ganar. Entonces era que me daba por llorar, aliviada porque la tristeza alivia y es rica, oía todo el día I Got the Blues! y pensaba: "tal vez quiso hacer un ejemplo, una especie de comentario" .



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