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La memoria también tiene perfume: Lidia Abineme presenta La Casa de Piedra y Jazmin

  • hace 20 horas
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Fragmentos de La casa de piedra y jazmín, el libro donde Lidia Abineme reconstruye la infancia, las raíces y los afectos a través de una escritura íntima y profundamente sensorial


La casa de piedra y jazmín es un recorrido íntimo por la memoria, la identidad y las raíces. A través de relatos, recuerdos y escenas profundamente sensoriales, Lidia Abineme reconstruye una vida atravesada por la infancia, la migración, la familia, el arte, la pérdida y la búsqueda espiritual. Con una escritura poética y evocadora, el libro entrelaza la nostalgia del barrio, el aroma del jazmín y la herencia libanesa en una narración donde lo personal se vuelve también memoria colectiva.

Lidia Abineme presenta La Casa de Piedra y Jazmin
Lidia Abineme presenta La Casa de Piedra y Jazmin

La autora:


Lidia Abineme nació en Buenos Aires en 1951, en el seno de una familia de inmigrantes siriolibaneses. Es abogada, traductora pública y docente. A lo largo de su vida combinó la enseñanza, la escritura y el trabajo en organismos vinculados a los Derechos Humanos y la Paz. Participó en encuentros internacionales de escritores y publicó libros de poesía y narrativa, entre ellos Pantano y flor, Hombres dorados y Mujeres mías y yo. La casa de piedra y jazmín reúne recuerdos, relatos y reflexiones atravesados por la memoria familiar, las raíces libanesas y la búsqueda espiritual.


Fragmento de La casa de piedra y jazmín, mi vida


Hoy encontré este trocito viejo de agenda. Parece que mi historia quiere comenzarse desde este pedacito finito de hoja de papel de biblia, fechado en Tandil, el 15 de julio de 1989.


“¡Qué increíble! —dice— ya hace ocho o nueve años, tal vez diez, no recuerdo exactamente, que estuvimos juntos aquí, en ‘Jhony’, quizá en esta misma mesa: vos, papá, Fernando y yo, tomando un trago, una noche muy fría de invierno casi igual a esta. Y la grúa nos llevó el auto, ¿te acordás? ¡Qué bajón, ese pobre Citroën rojo que iba y venía, Buenos Aires-Tandil en cinco o seis horas!


Hoy estoy yo, la única que ha vuelto a tomar un café con una copa de recuerdos, padre. Siempre estamos juntos vos y yo.


¡Qué distinto es este hoy! Fernando —nosotros no estamos ya juntos— llamó de Buenos Aires para ver cómo estaban sus hijos, que ya son tres muchachitos.


Ahora estoy esperando a Sebastián —tu primer nieto varón, ¡ay cuántas rosas papá, qué alegría que tenías cuando nació!— y a Vanina, tu primera nieta, que a las nueve salen del cine.


Quise caminar por el centro, aprovechando que estaba sola, para comprar pullovers y chocolates, pero el viento me cortaba la cara. El frío y la nevisca me empujaron aquí dentro, para contarte estas cosas, padre.


Pedí un café con crema y canela y un Jhony Walker etiqueta negra, no sé para qué si a mí no me gusta el whisky. Será para vos… ¡Qué vas a tomar vos! si te moriste hace casi tres años. A todos se les ocurre envejecer y morir.


Mamá tampoco anda bien, desde marzo en que se descompuso en casa, ya no podrá viajar más. Así nos dijo el médico. Por eso ahora venimos nosotros.


A mí me cuesta venir con los tres, aunque viajar me gusta; ¡pero hacen tanto lío! Sebi ya está entrando en la adolescencia, así que anda bien con la prima; Juan Manuel —a vos te gustaba decirle Manolo… Manolito, ¿te acordás?— y Felipe, son purretes todavía.


Y yo, entrando lentamente en la madurez. ¡Alguna vez tenía que ser!


Aquí estoy contándote estas cosas, padre. No sé dónde habrás elegido nacer, pero aquí estamos vos y yo. Vos en mi corazón y yo en el tuyo, donde sea que estés.


Tu nieto Sebastián ¡se te parece tanto! Es arrogante, porfiado, gentil, independiente, inquieto y hermoso, con sus ojos árabes y su enorme sonrisa.


Manuel es serio, o parece… lee y lee; promete ser un gran lector.


Y Felipe… ¿qué te puedo decir? ¡Es tan inquieto! y muy sensible; él se conmueve por el sufrimiento que ve a su alrededor. Es así...


Al Aichiyeh. La Casa de Piedra, la gran emoción


Por supuesto fuimos a la aldea, a la tan deseada Al Aichiyeh, a la casa de Halim, “la casa de piedra” que antes fuera de nuestros bisabuelos y abuelos. La que no cayó, ni en la feroz guerra del setenta y seis al ochenta y dos, ni en lo que siguió; ni en los temporales, porque está construida sobre la sólida roca de aquellas montañas.


¡Al Beit al hayar, al Beit al yabal!

(La Casa de piedra, la Casa de la montaña).


Antes, muy cerca, está la aldea de Yarmak, un valle muy fértil, de donde era mi abuela María Honaine (allá es Hanaine), mi sette.


Halim nos recibió. Estaba solo, porque hacía mucho frío para Thérèse. Y en realidad, ya en aquel entonces ellos se quedaban en Beirut hasta el verano.


Estuvimos toda la tarde. Almuerzo tardío, café, paseo por el huerto.


La casa es muy sencilla, y con una enorme parra en la gran terraza. Está bastante en lo alto. Se ve toda la aldea como desde un piso muy alto.


Se quedó con nosotros Tony, otro sobrino de ellos que nos llevó y nos trajo en su auto, porque además hablaba francés y Halim, sólo árabe.


Pero nos entendimos, a los abrazos, con señas y con ese amor que estaba allí presente. Nos entendimos con los corazones.


En el huerto, besé la tierra de la tumba de mis bisabuelos. Tomamos hermosas fotos.


Cuando nos despedimos, Halim me pidió que volviera para Navidad, ¡a bailar dabke en la terraza!


¡Ia habibi albi!


Al subir al auto, me eché a llorar con desconsuelo abrazada a Cristina, con congoja de niña.



 
 
 

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