Carlos Eduardo Sosa Ortiz y la memoria del amor en Simplemente Anna
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Una vida atravesada por el amor, la fe y la memoria que persiste incluso cuando todo parece desvanecerse.
Simplemente Anna es el retrato íntimo de una vida marcada por la fe, la entrega y una profunda capacidad de amar.
A través de la voz de su yerno, Carlos Eduardo Sosa Ortiz, el libro reconstruye la historia de Anna: una mujer que atravesó una infancia difícil y supo transformar el dolor en bondad.
El relato acompaña también su tránsito por el Alzheimer, mostrando no solo la enfermedad, sino el vínculo, la paciencia y el amor cotidiano que sostienen a quienes cuidan.
El libro se presenta el jueves 23 de abril desde las 15 Hs. en el stand de la Sociedad Argentina de Escritores, en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires 📍🏛️

El autor:
Carlos Eduardo Sosa Ortiz nació en Mendoza el 25 de noviembre de 1952. Actualmente vive con su esposa en el barrio de San Telmo, provincia de Buenos Aires, lugar que lo inspira no solo para escribir, sino también para crear arte en madera.
Ya jubilado, trabajó durante 40 años en la industria petrolera. Durante sus últimos 15 años lo hizo embarcado en navíos y plataformas semisumergibles, donde en sus momentos de descanso escribió algunos de sus libros ya editados: La Historia de Felipe (2010), Un Nuevo Mundo (Mister West y Lady East) –Una historia de amor– y El Reloj que esconde un Secreto (2014).
Participó en diversos Encuentros Internacionales de Escritores sin Fronteras (Federación Entre Ríos), así como en los Encuentros Internacionales de Escritores del Mercosur en Gualeguaychú, Entre Ríos. Formó parte de publicaciones como Antología Internacional (2015) y Antología del Misterio (2018).
Su novela El Silbato de un Tren (2017) fue presentada, al igual que sus otros libros, en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.
Su última novela, Simplemente Anna, es una invitación a reflexionar sobre la vida y encontrar su propósito.
UN FRAGMENTO DE "SIMPLEMENTE ANNA":
Conocí a Anna en una ciudad llamada Macaé, en el estado de Río de Janeiro, en el departamento de su hija, hoy mi esposa. Había sido invitado a cenar y la curiosidad de ella por conocerme se hizo evidente al observarme con esos enormes ojos que no podía ocultar.
Esa noche intercambiamos pocas palabras. Yo trataba de hacerme entender con mi español cargado de acento y ella, con un portugués dulce y pausado, parecía esforzarse por acortar la distancia entre nuestros idiomas. A veces bastaba un gesto o una sonrisa para llenar el silencio. Así empecé a descubrir a la mujer detrás de aquella mirada.
Con sus 73 años, de estatura mediana, sumamente delgada, tenía un andar elegante y una forma de hablar pausada y clara. A pesar de hacerlo en portugués, todos entendían sus palabras. Era profundamente católica: cada vez que atendía el teléfono, antes de decir “hola”, decía “A paz de Jesús”. Al principio me resultaba extraño; luego comprendí su sentido.
Con el tiempo fui conociendo su historia. Había nacido el 18 de julio de 1938, en un contexto político convulsionado en Brasil. Siendo niña, su madre enviudó y tuvo que trabajar, por lo que Anna quedó al cuidado de sus abuelos. Su abuela la incentivaba a cantar y la llevaba a programas musicales donde se destacaba por su voz. Incluso quiso que estudiara canto como soprano.
Pero su abuela enfermó y falleció poco después. Ese momento cambió su vida: con apenas 9 años tuvo que hacerse cargo de la casa bajo la supervisión de su abuelo. Limpiar, cocinar y mantener todo en orden formaban parte de su rutina.
A pesar de las dificultades —y de una infancia atravesada por exigencias y castigos—, Anna nunca perdió su bondad. Aprendió a coser, tejer, cocinar y realizar manualidades con dedicación, aunque su mayor deseo siempre fue cantar.
Con los años, mantuvo su humildad y fortaleza. A los 22 años conoció a su esposo, con quien formó una familia. Tras enviudar, siguió adelante con entereza, apoyada en su fe, que se volvió el eje de su vida.
Incluso impulsó, junto a su comunidad, la creación de una capilla en su barrio, organizando rifas y encuentros. También reunía jóvenes en su casa para compartir espacios de formación y reflexión, sembrando una huella profunda en quienes la rodeaban.




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