Albert Camus, el gran futbolista, hincha de Racing



"Después de muchos años, donde el mundo me ha dado muchos espectáculos, lo que finalmente aprendí con mayor seguridad sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol"


No es recomendable, en absoluto, comenzar un artículo desilusionando al lector, pero, como decía, justamente Camus, “la nobleza del oficio de escritor está en la resistencia a la opresión y, por lo tanto, en decir que sí a la soledad”… Esa soledad que le quedará a quien escribe luego de que todos los lectores huyan desilusionados sin pasar del primer párrafo, enterándose que el objeto de este artículo, el propio Camus, era de Racing, pero no del Racing que todos conocemos en Argentina.


De hecho, estuvo relacionado con dos equipos de futbol llamados Racing; pero de nuestra Academia, Racing Club de Avellaneda, Camus ni enterado.

Nació en Argelia el 7 de noviembre de 1913, cuando Argelia aun era una colonia francesa. Su padre era agricultor y su madre, de origen español, un ama de casa analfabeta. Creció en un barrio obrero, rodeado de hijos de colonos franceses, árabes, españoles e italianos. Y se formó en la escuela pública.


Fue allí, en los recreos, donde conoció la pelota y el puesto de arquero. Aunque si bien jugó en otras posiciones – su compañero de juego, Ernest Diaz asegura que era hábil gambeteando y en los pases cortos -, su puesto era el de arquero. Al parecer, comenzó a jugar en esa posición por la triste razón de no querer gastar su único par de zapatos.


Los mejores de aquellos equipos de colegiales improvisados, más tarde formaron parte del Racing Universitario de Argel. Camus como arquero, claro.


Oliver Todd, uno de sus biógrafos, hace referencia a una crónica aparecida en un boletín informativo donde se narra una derrota (0-1) por parte del equipo de Camus. Rescatando una innegable entereza del conjunto vencido, con un especial protagonismo del arquero que, además de un excelente desempeño deportivo, mantuvo siempre una actitud de lucha, consiguiendo una suerte de victoria moral.


“Me devoraba la impaciencia del domingo al jueves, día de entrenamiento, y del jueves al domingo, día del partido”


Cuando empezaba a relacionarse con equipos más grandes, y las puertas a una carrera en el fútbol profesional empezaban a abrirse, su salud lo obligó a cambiar de rumbo. Fue entonces cuando comenzó a dedicarse de lleno a la escritura. Tenía 17 años y le fue detectada una tuberculosis.


Estudió, creció, y ya convertido en el Camus que todos conocemos, se estableció en Francia, donde viviría la mayor parte de su vida. Allí se volvió hincha del Racing Club de Paris. Según él, por la coincidencia del nombre y porque usaban las mismas camisetas que su antiguo equipo.


Lo que le debo al fútbol


Cuando le preguntaban a cerca de su paso por el fútbol, Camus decía: "Sí, lo jugué varios años en la Universidad de Argel. Me parece que fue ayer. Pero cuando, en 1940, volví a calzarme los zapatos, me di cuenta de que no había sido ayer. Antes de terminar el primer tiempo, tenía la lengua como uno de esos perros con los que la gente se cruza a las dos de la tarde en Tizi-Ouzou. Fue, entonces, hace bastante tiempo, en 1928 para adelante, supongo".


Albert Camus, en esa ocasión, formando como delantero

Hice mi debut con el club deportivo Montpensier. Sólo Dios sabe por qué, dado que yo vivía en Belcourt y el equipo de Belcourt-Mustapha era el Gallia. Pero tenía un amigo, un tipo velludo, que nadaba en el puerto conmigo y jugaba waterpolo para Montpensier. Así es como a veces la vida de una persona queda determinada. Montpensier jugaba a menudo en los jardines de Manoeuvre, aparentemente por ninguna razón especial. El césped tenía en su haber más porrazos que la canilla de un centroforward visitante del estadio de Alenda, Orán. Pronto aprendí que la pelota nunca viene hacia uno por donde uno espera que venga. Eso me ayudó mucho en la vida, sobre todo en las grandes ciudades, donde la gente no suele ser siempre lo que se dice “derecha”.


Estaba encantado, lo importante para mí era jugar. Me devoraba la impaciencia del domingo al jueves, día de práctica, y del jueves al domingo, día del partido. Así fue como me uní a los universitarios. Y allí estaba yo, golero del equipo juvenil. Sí, todo parecía muy fácil. Pero no sabía que se acababa de establecer un vínculo de años, que abarcaría cada estadio de la provincia, y que nunca tendría fin.


No sabía entonces que veinte años después, en las calles de París e incluso en Buenos Aires (sí, me ha sucedido), la palabra RUA mencionada por un amigo con el que tropecé, me haría saltar el corazón tan tontamente como fuera posible. Y ya que estoy confesando mis secretos, debo admitir que en París, por ejemplo, voy a ver los partidos del Racing Club, al que convertí en mi favorito sólo porque usa la misma camisa que el RUA, azul con rayas blancas.


Cuando ya siendo un premio Nobel, le preguntaron qué hubiese preferido ser, si la salud no se lo impedía, respondió: “Sin duda alguna, futboista”.