Guitarra negra - tres poemas de Luis Alberto Spinetta



¡De entre las brasas de tu albergue cantarás nuevamente tu canción diabólica!


Hoy en nuestro país se conmemora "el día nacional del música" en homenaje al nacimiento del querido Luis Alberto Spinetta.


No nos equivocamos en afirmar que, cada una de las letras del flaco son poesías con música; sino es que la poesía tiene o es música en sí... Pero, más allá de esta discusión que nos llevaría horas y no tendría mucho sentido; lo cierto es que el flaco publicó en su vida un único libro de poemas: Guitarra Negra, en 1978 y hoy, en el día de su cumpleaños, queremos recordarlo leyendo algunos de sus poemas.





LOS LOCOS


Los locos corren por el pasto sin gritos por la pradera venenosa y por la piel, entre la luna.

Y los locos giran sin temor al mareo. De la casa al árbol, de la ayuda al horror.

Cuando uno de los locos hable, los cuerdos, retozando en la penumbra, oirán el ruido y verán las verdades.

Los locos que parecen aprisionados por la muerte selecta del escándalo tienen pechos rugosos y bordeados de lumbre. Y los locos lo saben. Desde su atónito lenguaje, por intersticios de meninges espectaculares, los locos se precipitan a paralizar el mundo de la muerte. Aunque más no sea, para sentarse a llorar.

No hay soles en sus días y en sus noches sobreviven los colores de un ojo que no los ha deseado.

Por eso, y porque la ventosa de fuego rebalsa de temor ante la fantasía de los sanos; el obturador de los locos está presto como una lanza. Y al perforarnos de una vez con una certera puntada entre la vida y el cielo? VOZ DE DIOS


Oigo su gemido de papiro de suceso que dice de inabarcable reposo, de pensamiento.

Y le oigo desde aquí, desde donde sólo soy su desierto. Oigole desde el desierto de su alma, desde la soledad del silencio y desde las voces de la mía.

Es una flor transparente murmurada por sus pétalos y vociferada por su tallo. Sencilla es su mirada que retorna. Todos sus colores son la luz que se ahuyenta y su forma que se corroe.

Más óigole decir innumerables veces: “Yo soy de otro reino venid a mí venid a mí”.


EL MISERABLE


Desencajados los enormes océanos de tu plegaria a nadie, discreta palabra, saludo al éxodo de la virtud.

Dilapidados los lingotes de tu estadio de crucifixiones saciado el oro en su sed de manos malditas y arrojado a la turba el guisante de la demencia maestra bebido tu vino, ya nada permanecerá en tu corazón. Sus sentimientos y sus alegorías se habrán marchado hacia el latir de otro reposo.