Lee el primer capítulo de "Los Puentes del Infierno", de Bárbara Lawrynowicz



"Yo la miraba en su actitud y no podía dejar de preguntarme si una mujer que emanaba tanta seguridad y firmeza, pudiera estar necesitando de un espacio terapéutico"


La psicoanalista Barbara Margarita Lawrynowicz presenta su primera novela, "Los Puentes del Infierno", un texto honesto y contundente que expone un flagelo milenario que sigue

siendo un tema candente en el ámbito de la salud: el abuso.


Esta es la historia de una superviviente, más que eso, una resiliente, una mujer dueña de un trauma totalmente naturalizado que la envuelve de misterio. Que se esforzó para renacer y construir una vida nueva, dejando las experiencias tortuosas enterradas para caminar sobre ellas con la cabeza en alto y la mirada llena de amor.

Es una historia basada en hechos reales que estremece hasta los más escépticos y conmueve las más profundas fibras.



LEÉ EL PRIMER CAPÍTULO DE LA NOVELA


Soy Blanca Monroe… psicoterapeuta. Si todo fuera tan fácil como sentarse y que fluyan las palabras… que bailen en las blancas hojas las frases que cuentan una historia… este libro ya hubiera sido escrito hace mucho tiempo. Pero no es así. Los recuerdos, las ideas y los sentires se entrelazan de tal manera que es difícil saber cuál es el posible comienzo. La incertidumbre y el miedo rondan con ganas de ser los protagonistas, pero no son ellos, porque nada de lo ocurrido es irrelevante. Porque todo quizás sea un punto de partida…


¿hacia dónde? Tal vez sea el momento de averiguarlo. Un prólogo que se incrustó en mis venas y erizó los vellos de mi cuerpo mientras lo leía detenidamente. Sigue causándome la misma sensación en este momento, cuando lo releo, y en cada renglón encuentro un nuevo sentido. ¡Cuántas cosas pueden ser transmitidas en tan solo una hoja! Y ese logro ha sido el de Joanna, mi paciente de años… Recuerdo esa primera vez en que ella entró en mi consultorio, con su figura erguida y de caminar seguro, una franca sonrisa en sus labios y ojos titilantes. Mostraba esa curiosa actitud juvenil que hace difícil predecir la edad. No era esa la imagen que me había hecho en mi cabeza mientras la atendía por teléfono pidiendo su primera cita. Yo la imaginé peinando canas, vestida con ropas clásicas y de caminar cansino; fue lo que quedó representado en mí cuando le pregunté su edad, “tengo 55 años”, me dijo. Y ahora ella estaba frente a mí, sentada con aparente tranquilidad, sus manos, una apoyada sobre la otra encima de sus rodillas, y sus piernas cruzadas con inocente sensualidad.

Yo la miraba en su actitud y no podía dejar de preguntarme si una mujer que emanaba tanta seguridad y firmeza, pudiera estar necesitando de un espacio terapéutico, y mi preguntas volaron ante mis ojos en solamente un par de segundos, hasta que al fin pude ponerle voz a una de ellas: ¿Que la trae por aquí? Ella, Joanna, me miró con sus penetrantes ojos verdes que comenzaron a brillar tras una tenue cortina húmeda, mientras se esforzaba en contener las incipientes gotas que se formaban en sus lagrimales, la sonrisa poco a poco se fue tornando en un casi imperceptible temblor, los dedos de sus manos se entrelazaron como si pudieran ayudarse a tomar coraje, y entonces me dijo: -Disculpe Ud., de pronto me sentí muy vulnerable. No sé por qué. Tal vez sea este lugar, no imaginaba que fuera tan cálido. Nunca hice terapia antes. Es la ventana, creo que impone respeto y a la vez… esos cristales… como si me invitaran a tocar la libertad… Me sorprendió la percepción de Joanna y también me alegró que la decoración informal que yo le había dado al ambiente estuviera contribuyendo a que ella se sintiera cómoda. Siempre me gustaron las plantas, tenía varias, todas estaban apoyadas sobre una baja mesita donde a esta hora un reflejo amarillo se empeñaba en atravesar los vidrios para posarse sobre ellas. Muchos almohadones de diversos colores daban el toque confortable y mullido, aunque en ocasiones se convertían en grandes consuelos al ser fuertemente abrazados. Y los peluches… muchos peluches.


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