Leé un fragmento de "Debajo de mis pies", una novela de Daniela Urgel


Actividad petrolera, política energética y cambio climático en un thriller apasionante


LA NOVELA


“Debajo de mis pies nos sumerge en temas cruciales como la actividad petrolera, la política energética, el cambio climático y la transición hacia las energías renovables. La novela se nutre del pasado y con puentes que conectan con la actualidad, nos revela los grandes desafíos”


“La historia no define el destino, pero siempre nos señala un desafío”.



El descubrimiento de petróleo en un pueblo sacude las estructuras políticas e impacta sobre la vida de sus habitantes. El intendente decide defender sus intereses y llega hasta las más altas esferas acompañado por una joven y audaz abogada. El mundo está despertando a una nueva era y se está repartiendo las áreas de producción petrolera. El poder comienza a reconstruirse en base a este recurso estratégico y la guerra ya no es una amenaza, es una realidad. Desde el presidente de la Nación hasta el último senador quedarán comprometidos cuando haya que votar las leyes que regirán el negocio petrolero. El afán del intendente, la tenacidad de una hacendada huérfana y la vida de un niño, envueltos en historias de amor y de pasión, marcarán un cambio de rumbo sin precedentes.



Capítulo 8: La Transformación


El siguiente año estuvo signado por los efectos de la guerra. Las noticias fueron devastadoras para los Yasser que daban por muertos a casi todos sus familiares y amigos.

El flujo de cartas que recibían se cortó al iniciarse los ataques, y la falta de comunicación

confirmó que estaban bajo amenaza. Fueron días de mucha angustia, en los que era difícil

disimular la preocupación y la tristeza por lo que estaba sucediendo. Todas las tardes se

reunían en lo de María para acompañarse. Los diarios daban algunos datos, pero no era

información precisa sobre las víctimas.

– ¿Alguna novedad? ¿Alguien tiene información sobre los bombardeos? ¿Han tocado

nuestro pueblo? preguntaban ansiosos. Juan Yasser no tenía buena espina. En la soledad de

su cuarto junto a María, dejaba ver su pena abrazado a su esposa.

– No pierdo la fe pero tengo mucho miedo por ellos.

Ella lo sostenía con su sola presencia. – No sufras Juan, no sufras – lo consolaba con

ternura.

Así pasaron los primeros meses en ascuas. Sabían de la violencia desatada, pero no podían

saber con exactitud el radio comprometido por el conflicto. Las fronteras se movían

permanentemente. Una mañana, cayó Munir Sahba con un par de correspondencias. – Hola

Juan. Llegó esto – le dijo tenso y con cara adusta. – Hay una para vos, me tomé el

atrevimiento de traerla. Y dos más, una para mí y otra para Elías Yusteh. Le avisé y uno de

los hijos viene para acá. ¿Podrás leerlas? le preguntó acongojado.

– Por supuesto que lo haré. Necesitamos saber, que es lo que nos dará paz en estas horas de

desasosiego. Juan estaba sentado en la vereda, en el sillón de mimbre terminando de leer el

diario del día anterior donde decía que se habían intensificado los enfrentamientos en

lugares civiles y que habían huido hacia el norte escapando de los ataques. Hablaban de

muertos pero no daban nombres. María tenía en la mano un mate recién cebado. Los dos

hombres entraron a la casa. Juan cerró la puerta y se sentó ante su amigo que se ubicó

enfrente de él.

– ¿Cuál te parece que leo primero, el tuyo o el mío? - le consultó.

Munir se señaló a sí mismo. Juan tomó un abrecartas de bronce que tenía sobre la mesa

ratona y abrió el sobre. Desplegó las hojas y comenzó a leer en voz alta en su lengua

materna que era en la que estaba escrita. “Querido primo: En estas horas estamos

refugiados en un barrio vecino a nuestro pueblo Agjelio, que ha quedado completamente

destruido. Unos amigos nos han alojado. Tu hermana y uno de sus hijos, Guado, han

fallecido. Estoy destrozado. He perdido a uno de mis hijos también. Tu cuñado y sus otros


dos hijos están bien pero doloridos por la tragedia que nos toca. Tu madre no ha querido

dejar su casa, por lo que no puedo saber qué ha sucedido. Abrazo. Reza por nosotros”.

Munir se cubrió la cara con las manos para atajar el dolor y las lágrimas que corrían por sus

mejillas. Luego sacó un pañuelo y se secó el rostro. No dijo ni una palabra. Juan prosiguió

con la carta dirigida a él. La leyó en silencio. “Querido amigo: Agjelio está en ruinas. He

salido ileso milagrosamente. Tengo heridas que sanarán, menos mi corazón, en pedazos por

tanta miseria. Tu madre ha muerto. La he visto sepultada entre los escombros. Tus

hermanos y sus familias están desaparecidos. Los vi por última vez camino a un refugio

pero no he logrado localizarlos luego. No puedo asegurarte que estén con vida. Pero no

pierdo las esperanzas de darte una buena noticia. Recen por nosotros. Yusti”.

– Mi madre murió –le dijo a Munir.

María sollozó detrás de la puerta después de escuchar a su marido y se quedó paralizada sin

saber si entrar o no a la sala. Esperó. Munir se sentó al lado de Juan y lo tomó por el

hombro. Ambos, con la cabeza hacia abajo se acompañaron por un rato. Ninguno hablaba.

Faltaba leer una carta dirigida a Elías. Luego de unos minutos, tocaron la puerta. María se

asomó para anunciarles que estaba ahí.

–Entren, pasen – les dijo Juan.

Ambos lo hicieron. María tenía los ojos enrojecidos.

–Vamos Juan, lee – le rogó Elías.

Entonces prosiguió. –“Querido hermano: Hemos salvado nuestras vidas refugiándonos en

Quetuhjaj pero debemos huir también de aquí porque será blanco seguro. Miriam está


herida pero fuera de peligro. Estamos hambrientos pero vivos. No quisieras ver lo que ven

mis ojos. La madre de Juan ha muerto, lo sabemos por sus hijos. Me he encontrado con

Yabri, el hermano de Munir. Está bien, pero su mamá también ha muerto. Esto es una

pesadilla. Ojalá nos reunamos pronto. Abrazo. Carmin”.

Munir respiró hondo..

– Yabri está vivo.

Elías trató de reconfortarse.

– Ojalá no los alcance la guerra en Quetuhjaj.

María les ofreció un anís. Los tres hombres quedaron agotados y con la pena a flor de piel.

Se tomaron varios tragos. Hablaron de buscar la forma de traer a los sobrevivientes. Pero

Juan no podía sacarse de la cabeza la imagen de su madre el día que se despidieron en el

puerto. La llevaba grabada a fuego en su memoria. Esa noche, pegado a María ahogó su

tristeza entre los brazos de su mujer. Antes de dormirse le dijo – Supe que ese día sería el

último. Me despedí para siempre. Pobre mi madre. Ella también lo sabía.


Las empresas extranjeras con intereses económicos en Albasia intentaron arrastrar al país a

la guerra. El presidente Castro Minetti intentó paliar las consecuencias y mantuvo la

neutralidad hasta el final, a pesar de las presiones. Siguió mandando alimentos, como

siempre, pero varios buques alquilados con bandera Albasia fueron hundidos con todo el

cargamento. Vender petróleo a los viejos socios comerciales hubiera significado entrar en


la guerra y quedarse sin combustible. Además, las obras de infraestructura llevaron su

tiempo y tuvieron que sobrevivir con lo que había.


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