Louise Glück: Con ella ganó la poesía y lo celebramos con algunos de sus mejores poemas.



Con el premio Nobel de Literatura otorgado a la poeta noeyorkina, ganó la poesía y eso no es poco decir. Porque la poesía siempre es un canto a la vida, y más, entre las tinieblas de una pandemia.


Y no es errado decir que ganó la poesía en sí, como un todo, porque solo tres de los últimos veinte Premios Nobel fueron para la poesía. Y cuando gana el que nunca gana, ganamos todos y somos un poquito más felices.


No hay que dejar de marcar, con cierto afán de reclamo, que el último escritor de lengua española premiado fue Vargas LLosa, en el 2010. Y que desde entonces, cuatro, fueron escritores de habla inglesa. Una gran minoría.


Si bien Glück ya ha recibido premios realmente importantes, como lo es el Pulitzer en el 93, el Nobel la consagra y la acerca a un público más masivo, aunque sea por curiosidad.


Por la poesía y por este alegrón, compartimos estos poemas de nueva Nobel De Literatura.



EL DESEO


¿Te acuerdas de cuando pediste un deseo?


Yo pido muchos deseos.


Cuando te mentí sobre lo de la mariposa. Siempre me pregunté qué pediste.


¿Qué crees que pedí yo?


No sé. Que volvería, que al final de alguna manera estaríamos juntos.


Pedí lo que siempre pido. Pedí otro poema.


EL JARDÍN

No podría hacerlo de nuevo, apenas si soporto verlo.


En el jardín, bajo la llovizna la pareja joven plantando un surco de arvejas, como si nadie hubiera hecho eso antes; las grandes dificultades aún no se enfrentaron ni se resolvieron.


No pueden verse en la tierra fresca, empezando, sin perspectiva, las colinas detrás de ellos, verde pálidas nubladas de flores.


Ella quiere detenerse; él quiere llegar hasta el final, quedarse en la cosa.


Mírenla, rozándole la mejilla para hacer una tregua, sus dedos frescos con la lluvia primaveral; en la delgada hierba, estalla el azafrán púrpura


incluso aquí, incluso al principio del amor la mano de ella, al abandonar su cara traza una imagen de despedida


y los dos creen que son libres de ignorar esa tristeza.


EL DILEMA DEL TELÉMACO


Nunca me decido sobre qué poner en la tumba de mis padres. Sé lo que él quiere: él quiere 'amado', lo que ciertamente resulta muy exacto, sobre todo si contamos a todas esas mujeres. Pero eso dejaría a mi madre en la intemperie. Ella me dice que en realidad no le importa lo más mínimo; ella prefiere ser descrita por sus logros. No tendría yo mucho tacto si les recordara que uno no honra a sus muertos perpetuando sus vanidades, sus auto-proyecciones. Mi propio criterio me recomienda exactitud sin palabrería; son mis padres y, en consecuencia, los visualizo juntos, a veces me inclino por 'marido y mujer, a veces por fuerzas contrarias'.