“Doble ancho” Monti, una leyenda del fútbol mundial


“Mirá lo que son las cosas, pibe, si ganábamos en el

Uruguay yo era boleta y si en Italia perdíamos era boleta también…”


De un diálogo con Luis Monti


En los primeros años del siglo XX, el fútbol se empezaba a popularizar en ambos márgenes del Río de La Plata. Había llegado de Inglaterra y no demoró en echar raíces. Divertía tanto a niños como adultos, y la Argentina fue seguramente el más adelantado discípulo que tuvieron los ingleses de este lado del Océano. Empezó primero en los colegios y luego en todos los rincones del país surgieron jóvenes que tenían una rara comunión con la “Número 5”, como se llamaba a la pelota.


La gente se queja del imperialismo inglés -me comentó Borges durante el Mundial de Fútbol de 1978, mientras los enfervorizados hinchas vociferaban en las calles alentando a nuestra selección-. El verdadero colonialismo de ese país en el planeta se ha dado a través del fútbol, Alifano” (casi demás está decir que nuestro poeta abominaba de este deporte del balompié). En cuanto al imperialismo inglés, como en tantísimas otras cosas, Borges tenía razón.


En la Argentina el fútbol fue un proceso imparable. A la par del tango, creció desde los suburbios puesto que no exigía dinero y se podía jugar en cualquier rincón: potreros, patios, callejones, todo era propicio para patear y hacer rodar la disputada esfera. Tampoco necesitaba de una gran inversión para obtener el elemento esencial, la pelota, que debía ser impulsada democráticamente por los oponentes y no era de difícil improvisación; todo servía: medias viejas, mangas de camisas rellenas de trapo o papel y, para simular el arco algo sencillísimo: podían bastar dos rusticas piedrecitas, dos ladrillos o dos palos clavados en la tierra.

Aquel arranque de los ingleses locos corriendo tras una esfera de cuero con tiento, ante la mirada atónita de los criollos, había entrado en el gusto de la gente. ¡Y de qué manera! Como señalamos en el párrafo anterior, empezó en los colegios, pero las construcciones ferroviarias de los ingleses, que se extendían a lo largo y ancho del país, propiciaron un auge extraordinario. Las empresas británicas, encargadas del tendido de líneas ofrecieron dos cosas vitales: primero, el interés de sus hombres en practicar fútbol y, segundo, los terrenos lindantes a las vías que terminaron convirtiéndose en canchas con la autorización de los funcionarios de las empresas, quienes además proporcionaban materiales y mano de obra para comprar las camisetas distintivas de los equipos y construir los escenarios.


Así, esta predisposición de incorporar el fútbol en la vida interna de la empresa hizo también que se otorgaran facilidades para practicarlo, dándoles a los jugadores licencias y hasta pasajes gratis para viajar de un sitio a otro. Agreguemos que al lado del Ferrocarril, nacieron muchos clubes en la Argentina, llevando algunos los nombres de la línea ferroviaria promotora del surgimiento; por ejemplo, Central Norte en Tucumán, Central Córdoba en la provincia de Córdoba, Rosario Central en la capital de Santa Fe, Ferrocarril Oeste, en la ciudad de Buenos Aires, etc… Esto hizo, también, que algunos empleados ferroviarios se convirtieran en famosas figuras de este juego. Con los años aparecieron habilidosos futbolistas-ferroviarios como “el Cañonero” Bernabé Ferreyra, “el Conejo” Gabino Sosa, “el imbatible” arquero Américo Tesorieri y los gambeteadores Indaco y Octavio Díaz, que perduran en sus conmovedoras leyendas.


El rodar del balón había empezado a unir ricos y pobres, estudiantes y jornaleros, nativos e inmigrantes, siendo motivo de alegría en gente de cualquier clase social. De esta manera fueron surgiendo jugadores, que fácilmente se sumaban a los nombrados ídolos populares; a la vez que se seguían fundando clubes y se incluían competencias, desafíos barriales y rivalidades que disputaban campeonatos y agregaban títulos. El fútbol ya era pasión de multitudes y ganaba adeptos en todos los pueblos. Tampoco demoraría demasiado en internacionalizarse y en crear rivalidades históricas como la de la Argentina y el Uruguay, dos vecinos que enfrentados eran capaces de desatar un guerra entre naciones.


Ya en la década del ’20 “el chivo” Julio Libonatti sería el primer futbolista argentino en viajar a Europa, para formar parte de la escuadra del Torino de Italia. En años posteriores se sumarían Luis Felipe Monti, Alfredo Di Stefano, Antonio Angelillo, Humberto Maschio y Enrique Omar Sívori (“el hombre de los diez millones”, la cifra fabulosa que en la década del cincuenta se pagó por su transferencia a la Juventus, de Italia), hasta llegar a Diego Armando Maradona y Lionel Messi, entre muchísimos más.



En 1901, cuando nació Luis Felipe Monti en un barrio del sur de Buenos Aires, el fútbol ya casi era el deporte popular por excelencia. Y lo sería definitivamente cuando él se inició en las inferiores del club Huracán, en la década del ’10; el club con el que ganó el Campeonato Argentino en 1921, el primero de los cuatro que obtendría esa escuadra en el amateurismo. En 1922 Monti tuvo un fugaz paso por Boca Juniors, pero sufrió una lesión que no le permitió seguir y fue transferido a San Lorenzo de Almagro. En ese club, del que es hincha y devoto el Papa Francisco, nuestro defensor mediocampista cosechó la gloria y se convirtió en el emblema de un equipo que ganó tres títulos en cinco años (Campeonatos argentinos de 1923, 1924 y 1927) y que entre 1926 y 1927 se mantuvo invicto durante veinte meses y 47 partidos. Allí, por su físico robusto y por su reciedumbre, se lo apodó “Doble Ancho”. “Pasaba la pelota, pero el rival, era difícil; yo diría que imposible”, me confió con una risa contagiosa.


Para formar parte de la Selección Argentina, el “Doble Ancho” Luis Felipe Monti fue convocado en 1924; tres años después fue campeón del Sudamericano de Perú y demoró menos de un año en ser el capitán del equipo que disputó los Juegos Olímpicos de Ámsterdam, ganando la medalla de plata luego de perder la olvidable final contra los Orientales en Montevideo. Esa derrota abrió un abismo entre argentinos y uruguayos, reconocidos unánimemente como los cultores del mejor fútbol del mundo. A partir de entonces, cada partido entre ambas selecciones ponía en juego el honor de dos potencias. Monti, por su juego recio y, para algunos, malintencionado, era el villano preferido de los charrúas y el defensor al que se debía vigilar muy de cerca.


Aunque siempre fue reconocido como un jugador aplicado y respetuoso, con buen pie para pasar el balón y por su gran despliegue físico (portentoso, robusto, como ya señalamos, y en ocasiones hasta excesivamente brusco), se ganó el apodo de “Doble Ancho”, que dio espacio en la historia de nuestro deporte. Así fue conocido hasta el final de sus días. En su haber futbolístico, ha quedado registrado, entre muchas otras cosas, que fue el primero en marcar un gol de la Selección Argentina en la historia de los mundiales. El partido fue el disputado contra Francia en la Copa Mundial de Fútbol de 1930, que terminó 1 a 0 a favor de la selección nacional. Un zapatazo de “Doble Ancho”, definió aquel encuentro. En este mundial, la Argentina alcanzó el segundo puesto, tras perder en la célebre final contra la selección del Uruguay por 4 a 2).


Te debo confesar que tuve mucho miedo porque me amenazaron con matarme a mí y a mi madre si no me echaba para atrás; la tenían vigilada los muy canallas -recordaría don Luis muchos años después cuando conversábamos largamente y él era mi director técnico en un club de la ciudad de Escobar-. Los orientales tenían todos los datos y hasta me enviaron una foto donde mi pobre vieja aparecía en la mira de un arma de fuego. Yo estaba tan aterrado que ni pensé que estaba jugando al fútbol. ¿Te imaginás? Lamentablemente perjudiqué a mis compañeros; pero no me quedaba más remedio, ché. Si ganábamos era boleta.”


Casi demás está decir que por aquellos lejanos días don Luis Monti se convirtió en la víctima preferida del periodismo. Para todos, había sido el gran responsable de la derrota. Todos nuestros compatriotas me habían hecho sentir una porquería, un gusano, tildándome de cobarde y echándome la culpa. Cosas que pasan en este deporte; me hicieron la cruz, viejo”, se quejaba el maestro. “Pero mirá lo que son las cosas, ché, como dice un añejo refrán ‘no hay mal que por bien no venga’; después de esa dramática final, me encontré con dos personas que venían de Italia a ofrecerme una fortuna para jugar en ese país”.


Ya en 1934, nuestro Luis Monti había pasado a ser “Luigi” Monti y se había convertido en ídolo de la Juventus. Por esa época fue convocado para integrar la selección que a la postre obtendría la codiciada Copa del Mundo disputada en Italia. El único jugador de la historia del Mundial que ha jugado dos finales con la camiseta de dos países diferentes: la de la Argentina en 1930 y la de Italia en 1934. En esa oportunidad, antes de empezar el partido con la selección de Checoslovaquia, el equipo fue visitado en el vestuario por el dictador Benito Mussolini. “El Duce quería levantar la copa a cualquier precio, una forma de intentar el reconocimiento internacional de su régimen, enfatizó don Luis. “Lo recuerdo como si lo estuviera viendo, ché. Era imponente il capo. Con las manos en la cintura y voz bien pastosa diciéndonos. ‘Cari ragazzi o vincete o sarete messi alle armi’ (Queridos muchachos o ganan o serán pasados por las armas)”. En cualquier caso, “Doble Ancho” Monti aceptó el reto y en esa oportunidad salieron campeones, ganando él la posibilidad de seguir jugando en el país de sus antepasados, consagrado como un ídolo.


Al respecto, me diría don Luis con una sonrisa: Mirá lo que son las cosas, pibe. En 1930, en Montevideo los charrúas me querían matar si ganaba, y, en Italia, cuatro años más tarde me mataban si perdía”. Así “Doble Ancho” Monti, nuestro vecino de Escobar y mi primer técnico, fue subcampeón Mundial en 1930 con la Argentina y campeón Mundial en 1934 con Italia. Siendo el único futbolista que jugó dos finales de la Copa Mundial de Fútbol con dos diferentes equipos de selección nacional de fútbol: Argentina e Italia.


Por Roberto Alifano - Para El Imparcial


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