¿Es el fin de la sociedad narcisista?


Foto 📷 Gian Cescon

La globalización fue un chupetín de madera, y se está cayendo a pedazos.


En la Edad Media existían explicaciones muy diversas sobre el origen de las pestes. Algunas atribuían a la corrupción del aire provocada por las emanaciones de materia orgánica en descomposición, la cual se transmitía al cuerpo. Otros imaginaron que la peste podía tener un origen astrológico, debido a la conjunción de algunos planetas o eclipses. Todos estos hechos se consideraban fenómenos sobrenaturales achacables a la cólera divina por los pecados de la humanidad.


Pero también existieron y existen otras clases de pestes, las ideológicas que suelen engendrar las virales. En un cuadro del año 1562 de Peter Brueghel llamado El Triunfo de la Muerte, que refiere a una de las más devastadoras pestes que sufrió la humanidad en esa época, podemos ver en el dibujo, la anticipación de las cámaras de gas, la violencia de la supremacía del odio, que se haría realidad seis siglos después en los campos de concentración nazi como metodología de exterminio. Otra peste.


El triunfo de la muerte 🎨 Pieter Brueghel

Existen a mi superficial entender, dos clases básicas de pestes, la viral y la ideológica. Cada una de ellas puede generar a la otra, solas o fusionadas producen daños irreversibles. Las pestes biológicas son controlables, pasajeras con altos costos, ponen al hombre en una actitud de valentía y de desafío, defender la supremacía de la vida sobre todas las cosas.


Las ideologías fundamentalistas y extremas, moldean y resetean la personalidad para siempre, dándole a la enseñanza un concepto que se inserta en la pulsión de muerte, la de los demás y la de ellos ¿No será entonces, este virus, la respuesta biológica a la peste ideológica que ha puesto a la gran feria de la globalización como centro del universo?


¿No será este virus una respuesta al insaciable, deshumanizado y asfixiante modelo de acumulación de poder? ¿Para qué tanto?


La globalización fue un chupetín de madera, y se está cayendo a pedazos.


Este es un virus, a mi entender, que viene a contrarrestar a esa sociedad de vínculos frágiles que ha sido denominada la era de la sociedad líquida, amor líquido, modernidad líquida, valores líquidos, eufemismo que expresa la ruptura de la identidad, el reemplazo de las culturas y la negación de la historia ancestral de los pueblos y sus milenarias tradiciones.

Cada peste inauguró un tiempo distinto, cerró ciclos y abrió otros.


En tren de conjeturas, pienso que este nuevo virus se engendró el 11 de septiembre del 2001, con la caída de las torres gemelas, que produjo, a partir de ese momento y empujado por el pánico, una lectura y una reacción equivocada del atentado, quizás, así haya estado planeado. La solución vino en una palabra falsa, globalización, que ya se había iniciado con la caída del muro de Berlín, debo aclarar, que la verdadera globalización comenzó con el descubrimiento de América.


En el interior de esa palabra- globalización- estaba el nuevo muro, que puso lentamente y en un trabajo de hormiga, de un lado a los que tienen agua y del otro a los que tiene sed.

Lo que no puede cambiar el hombre, ¿lo podrá cambiar la peste?

Cuando el mundo estaba sediento de puentes y marchaba a su concreción, se construyeron los muros. Con la explosión del 11-S se derogaron leyes de convivencia en Europa y los programas de integración de los extra comunitarios y refugiados, leyes que pretendían equilibrar la convivencia en este mundo.


La respuesta no se hizo esperar. El primer efecto fue otra dolorosa peste, el Mediterráneo de Serrat, convertido en una tumba de náufragos sin nombre.


América no fue la excepción, devastadoras devaluaciones extorsivas como pestes, desestabilizaron países, generaron desigualdades, guerra entre hermanos y decretaron por ley natural que el que nació bajo a un techo de chapas oxidadas morirá bajo el mismo techo.


Aunque parezca una teoría arriesgada, acaso el 11-S, no engendró la peste del actual Brexit, eufemismo que encubre la búsqueda de purificar la sangre inglesa sin mezcla de inmigrantes o refugiados, en un intento de rescatar nuevamente a la rubia Albión como mascarón de proa del nuevo imperio.


Fue de tal envergadura el pánico de los grandes países corporativos que dominaban y dominan el mundo y que pretenden controlar hasta los reductos más privados de la fe, que volvieron a sus orígenes, a sus principios, amarse a sí mismo aunque ese amor sea falso.


El virus también viene a recordarnos la leyenda de Narciso, de tanto mirarse en el espejo de agua de un lago, trastabilló y se ahogó en su propia imagen.


La sociedad que se vislumbra después del corona virus, ¿será mejor que la nuestra?


Empezamos a pensar a reflexionar, aquellos vínculos que creíamos innecesarios y en desuso vuelven con la fuerza del cuidado y de la supervivencia, nos empezamos a preocupar por los demás y van apareciendo otros lazos, formas diferentes de trabajar, de valorar las pequeñas cosas, esta nueva sociedad hasta permite detenerse y llorar por la desgracia ajena. El mapa que se va delineando es curioso, los padres trabajan desde su casa, el transporte puede regularse, la policía es aplaudida, la sociedad acata y se solidariza cuando algo es verdadero, salvo algunos casos de desequilibrados que son necesarios para que nuestra convicción muestre todo su poderío.


El discurso político se suelta, se humaniza y se desprende de miserables especulaciones electorales, a todo o nada. Los grupos de poder parecen abandonar su miope visión de la realidad, su escasa interpretación de lo que pasa y empiezan a pensar a largo plazo, en lo que viene, que será consecuencia de lo que hagamos entre todos.


Saldremos airosos, no hay nada más fuerte que una idea cuando se pone en marcha, el mundo se descose por todos lados y los argentinos sentimos abajo de nuestros pies un terremoto. El mundo está por cambiar, empujemos, aún si en esta guerra, algún familiar querido o uno mismo, quede en el campo de batalla aplaudido sólo por su propia conciencia.


Ernesto Fernández Nuñez es psicoanalista y escritor. Vicepresidente de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE).


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