Leé "Made in Hollywood", jazz, amor y desesperanza en un cuento de Santiago Cánepa


Chris Bair By Unplash

Tomó su sombrero, unos lentes de sol, el paño verde que usaba para envolver su trompeta y salió del cuarto tapándose la cara como un bandido del lejano oeste. Al verse en el espejo del ascensor se encontró ridículo, aunque prefería eso a volver a sonreír sin un diente


Santiago Cánepa nació en Buenos Aires en octubre de 1985. En el año 2007 publicó Una galera y un libro para Fernando Salvatierra, un libro de cuentos. Lo siguió Coger y contarlo, una novela que comenzó como un blog y que encontró miles de lectores en las redes sociales. Gracias al aporte de estos, el libro fue publicado en formato físico en el año 2015. Desde entonces, y gracias a la experiencia adquirida en la promoción y difusión de la novela, Cánepa se dedica a la comunicación digital, además de dictar talleres y charlas sobre escritura. Cosas mejores que estas es su tercer libro.


RESEÑA


En los diez cuentos que conforman Cosas mejores que estas, el amor, el sexo y la violencia son solo el cartel de neón que marca el descenso a un universo más oscuro y desolado. Donde las ilusiones y las caras se rompen, las familias fingen y el dinero no alcanza. Donde las pantorrillas duelen y los penes no siempre se paran.


Con humor y dureza por igual, Santiago Cánepa retoma el singular universo de Coger y contarlo pero lo lleva al extremo valiéndose de un estilo crudo, preciso y cotidiano, absolutamente realista, consiguiendo así una prosa arrolladora.


Un pibe que se arrastra por el suelo buscando comida mientras renuncia al amor; un tipo que necesita, a toda costa, saber si ese escritor famoso se acostó con su mujer; un perro viejo que vuelve a ser joven por un momento de placer; el trágico debut sexual de un nene de trece años; son solo algunas de las historias que componen este libro frenético y de ritmo imparable.


Santiago Cánepa narra estas historias desgraciadas sin adornos y con honestidad brutal, consiguiendo que Cosas mejores que estas sea un libro difícil de quitar, tanto de la mente como del cuerpo del lector.



MADE IN HOLLYWOOD


Apenas le avisaron que el servicio al cuarto demoraría un poco más, William decidió darse una ducha rápida. Acabó de limpiar su trompeta y la guardó en el estuche envolviéndola en un paño verde. Se desnudó y se metió al baño.


No era un mal hotel, aunque tampoco era lujoso. Era apenas modesto y limpio. Había una tv color de catorce pulgadas con algunos canales deportivos, comida decente, toallas aseadas y perfumadas. Y lo mejor era que quedaba a sólo tres calles del lugar donde daba sus conciertos. Le quedaba una noche más en aquella ciudad antes de viajar al siguiente punto de la gira. La primera velada había sido estupenda y eso modificaba su perspectiva respecto a todo. No esperaba menos de la segunda.


Le iba bien pese a que era el año 93 y que el tipo de jazz que él tocaba había pasado de moda. De todos modos, convocaba a sus shows cada vez más personas y su disco debut, Bum Baby Baby Bum, poco a poco comenzaba a venderse. Estaba convencido de que, aquello que era artísticamente bueno, trascendería modas, fronteras y tiempo. Y su jazz era bueno, aunque sonara demasiado clásico y poco arriesgado para alguna parte de la prensa.


Terminó de ducharse y salió del baño envuelto en una bata color crema. Telefoneó a su representante.


- Hola, Mike.

- ¡Dios santo, William, hace días que no sé nada de ti!

Era típico de Mike sonar como su madre.

- He estado bastante ocupado.

- ¿Qué tal ha salido tu show? Cuéntame.

- Realmente muy bien, se acercaron unas ochenta personas a verme, algunos compraron mi disco.

- ¡Oh! ¡Eso es maravilloso, William, me...!

- ¡Lo es! De hecho, al final del show, conocí a una chica muy bonita. Una periodista de la revista Rolling Stone.

- ¿De la Rolling Stone?

- Sí, de la Rolling Stone. Se llama Margaret.

Mientras lo decía, William sonreía e inflaba el pecho mirándose en el reflejo del televisor apagado. Se veía bien. El pelo revuelto aun mojado. La bata algo abierta.

- ¿Y qué quería?

- Me ha dicho que está en California de vacaciones, que entró al bar cuando yo tocaba los últimos temas…

- ¡Oh, esos últimos temas de tu repertorio, William…!


William se había acercado al televisor, se había me metido los dedos en la boca estirándose los labios para verse el implante dental que se había realizado días atrás en el punto anterior de la gira. No era el mejor y más realista diente de porcelana, pero servía para tapar la ausencia del verdadero. Además, lo que había pagado por él había sido muy conveniente.


- También me dijo que el sonido de mi trompeta la había electrizado.

- ¿Electrizado?

- Sí, electrizado.

- ¿Eso dijo?

- Eso mismo.

- Suena raro.

- ¿Qué tiene de rara la electricidad?

- Nada, pero no me parece una palabra que vaya a salir de la boca de una periodista de la Rolling Stone.

- Tocaron la puerta.

- No me cortes, Mike, voy a recibir mi cena, enseguida regreso.

No esperó a que su interlocutor le respondiera. Dejó el tubo del teléfono sobre la mesa de noche y fue hacia la puerta. Abrió.

- Disculpe la tardanza, señor Ramírez.

- No hay ningún problema, chico.


Era un muchacho desgarbado. Tenía el pelo rubio y corto como un marine. El ridículo gorro de pana azul que le hacían usar en el hotel le quedaba grande y se le caía. Lo mismo que la chaqueta.


- Aquí está su pedido.

Era una hamburguesa con papas fritas y una botella de cerveza fría. Le dio un billete de cinco dólares al chico.

- Oh, muchas gracias.

Sonrió el muchacho, mostrando unos dientes blancos y parejos.

- No hay de qué, muchacho.


Si bien hacía algunos años que sus ingresos provenían exclusivamente de la música, recordaba bien su época de camarero en New York y lo mucho que mejoraba su día cuando algún comensal le dejaba una propina generosa. No le sobraba el dinero, pero estaba seguro de que lo que daba regresaría. Cerró la puerta y volvió al teléfono.

- Aquí estoy.

- Pensé que te habías olvidado de mí, William.

El olor a papas fritas lo hizo sentir vivo.

- Sabes que jamás haría eso, Mike.

- Lo sé… Sígueme contando de la periodista.

- ¿Cómo está tu esposa?

- Oh, Linda ha mejorado mucho. Los médicos han dicho que debe reposar unos días, pero pronto volverá a caminar… Cuéntame de la muchacha de la Rolling Stone; una nota allí nos beneficiaría mucho.

- ¡Ya lo creo que sí!


Acomodó la bandeja de comida sobre la cama. Encendió la tele y bajó por completo el volumen. En el canal deportivo, dos muchachos negros daban vueltas sobre el cuadrilátero sin tirar un solo golpe. Era el tercer round.


- Hemos quedado para mañana, luego del show. De hecho, quiere entrevistarme. Le he regalado una copia de mi disco con la promesa de que lo escuchara.

- Eso es muy bueno, William. ¿Es bonita?

- Oh, sí que lo es.

- Debes tener cuidado en todo lo que dices. Es una revista muy importante.

- Tendré sumo cuidado, Mike, te lo prometo… Aunque intuyo que podré liberarme con ella. Parecía una persona muy relajada.

- Los periodistas son gente muy extraña, nunca se relajan.

- Esta chica no parecía de esa clase…

- Te lo digo por experiencia, muchacho. Hará que digas lo que a ella le conviene que digas.

- Tendré mucho cuidado, Mike, te lo prometo.

Conversaron un rato más y quedaron en que volverían a hablar al día siguiente, luego del show.


Ni bien colgó el teléfono William se sentó en la cama, descansando el peso de su espalda sobre unas almohadas. Estaba cómodo y necesitaba recuperarse. Le vendría bien una cena calórica. Subió el volumen de la tv y se concentró en la pelea. No conocía a ninguno de los dos boxeadores, pero una velada pugilística desde la cama, con algo de cerveza y comida chatarra, lo colmaba de un entusiasmo infantil.


El primer bocado de aquella hamburguesa lo conmovió de forma tan cabal que por primera vez en el día tomó conciencia de que no comía desde la mañana. Últimamente le sucedía. Las presentaciones en vivo le cerraban el estómago y muchas veces debía obligarse a comer. Mike se lo recordaba siempre.


Había ingerido poco más de media hamburguesa cuando notó, con la punta de lengua, la ausencia de su implante: donde debía haber un diente de porcelana había un hueco. Un frío fatal le subió por espalda. Lo primero en lo que pensó fue en Margaret y en su sonrisa desdentada frente a ella.


En un mismo movimiento se quitó la bandeja de encima y saltó de la cama, quedando de pie, paralizado. Tuvo el reflejo de volverse hacia la cama y revisar entre los restos de comida para ver si encontraba el implante. Quizás quedó pegado a la hamburguesa, pensó. Quizás lo escupí sin darme cuenta. ¿Cómo voy a escupirlo sin darme cuenta? ¿Acaso soy estúpido?

No estaba ni pegado a los restos de hamburguesa, ni escondido en algún recoveco entre los platos, el vaso, el salero y alguna servilleta. No estaba.


Tampoco estaba en la cama: ¿Es posible que lo haya escupido sin darme cuenta? Se preguntó. De todas maneras puso la bandeja sobre la mesa que estaba bajo la ventana y palpó la frazada. Nada. Sacó la frazada y palpó la sábana. Nada. Sacudió todo. Sacó la sábana. ¡Esto es imposible! Exclamó. Tomó el teléfono y llamó a su representante:


- ¡Me he tragado un diente, Mike!

- ¿Qué diablos te pasa? Estaba durmiendo.

- ¿Quién es?

Escuchó que preguntaba Linda, detrás.

- Es William.

Le respondió Mike a su esposa.

- ¿El trompetista que toca música pasada de moda?

Respondió ella. Oyó que Mike tapó el tubo con la mano y le dijo algo a su esposa con tono vehemente. Luego volvió al teléfono:

- ¿Tienes dinero para un dentista?

- No tengo nada, Mike. Soy un maldito músico sin dinero. Todo lo que había ahorrado lo gasté en ese diente.

- Entonces no te preocupes, muchacho, lo tienes en el estómago. Vete a descansar y prepárate para revolver la mierda mañana con la primera cagada del día. Consigue un poco de pegamento y mucha paciencia.


Mike terminó de consolarlo y colgó. En la televisión uno de los púgiles había tirado al otro a la lona. William se acercó al aparato y vio en el reflejo cómo su sonrisa casi perfecta, interrumpida por una brecha oscura, se mezclaba con la imagen de aquel ser humano tirado en el piso. Le pareció una postal hermosa y patética a la vez.


Pese a que lo había intentado, no logró pegar un ojo en toda la noche, ensimismado en su actividad intestinal como un yogui obsesivo. Incluso comió el resto de papas y hamburguesa que quedaba, tomó café y jugo de frutas con la esperanza de acelerar las cosas. Siempre se enorgulleció de su buena digestión. En broma se jactaba ante sus amigos de tener la habilidad de ingerir alimentos en exceso y eliminarlos de forma casi inmediata, vaciando su cuerpo para una nueva ingesta en pocas horas. Le parecía una especie de súper poder bestial.


Sin embargo, eran las siete de la mañana y en sus tripas no había indicios de querer expulsar nada. Llamó a su representante:


- ¡Maldita sea, Mike, no puedo defecar!

- ¿Qué hora es, muchacho? Dime que has dormido toda la noche y te encuentras descansado para el show…

- Son las siete de la mañana, Mike, y no he pegado un ojo en toda la noche.

Escuchó de fondo la voz de Linda:

- ¿Quién es?

- Shhhh… Vuelve a dormir.

- ¿Es el trompetista que toca música pasada de moda? ¿Qué sucede ahora? ¿No ha podido cagar?

Oyó nuevamente como Mike tapó el tubo del teléfono y le dijo algo a su esposa, levantando la voz. Ella respondió con un quejido. Mike volvió a la conversación.

- ¿Has desayunado?

- ¡He comido de todo, Mike, pero no puedo cagar! ¡No saldré al escenario sin un diente! ¡No puedo hacerlo!

- Bueno, tu sonrisa es fundamental; tienes una sonrisa preciosa, muchacho, es parte de tu atractivo.


Muchas veces Mike le había aconsejado que dejase de lado su ortodoxia musical y aprovechase su atractivo físico para vender más discos haciendo una música más moderna. La nueva moda es mezclar el Jazz con el Hip Hop, le decía.


- Escucha; ve a la farmacia y compra un laxante, eso acelerará las cosas.

- ¡No puedo salir a la calle así!

- ¡No seas cobarde, muchacho! - Mike estaba perdiendo la paciencia-, envuélvete la cara con un pañuelo y lucha por lo que quieres.


William no tenía opción, debía salir a la calle, encontrar una farmacia, comprar un laxante, beberlo y cagar hasta que apareciese su diente. Eso hizo: tomó su sombrero, unos lentes de sol, el paño verde que usaba para envolver su trompeta y salió del cuarto tapándose la cara como un bandido del lejano oeste. Al verse en el espejo del ascensor se encontró ridículo, aunque prefería eso a volver a sonreír sin un diente.


Mientras caminaba, desesperado, sin rumbo fijo, la gente lo miraba de forma extraña. Lo consolaba saber que nadie recordaría su cara, si es que su éxito seguía creciendo y se volvía verdaderamente famoso. A las dos cuadras dio con una gran tienda y allí dentro con una farmacia donde no tuvo que hacer cola, compró un frasco pequeño con pastillas laxantes, unas aspirinas, pegamento instantáneo y se retiró. Ya en el hotel telefoneó a Mike:


- ¿Si?

- Mike, ya tengo las pastillas.

- ¿Es otra vez ese muchacho? ¿Acaso no puede dar un paso sin hablar contigo?

Se escuchó la voz de Linda de fondo. Otra vez Mike tapó en vano el micrófono del teléfono.

- ¿Quieres cerrar la boca, maldita sea?

- ¡Hace años que lo soportas y prácticamente no hemos ganado un centavo de él!


William escuchó como Mike apoyó el tubo del teléfono sobre la mesa y se alejó. Era evidente que se acercó a hablarle a su mujer. No logró escuchar lo que decían, pero murmuraban conteniendo los gritos. A los pocos segundos, volvió a oír sus pasos acercándose, el sonido amplificado de su mano en el tubo:


- Muy bien, muchacho ¿Qué sucede ahora?

- Tengo las pastillas, Mike, pero no sé cuántas tomar.

- ¿No lo has preguntado en la farmacia?

- No me parecía indicado conversar con un desconocido sobre cuán urgentes son mis ganas de echar una cagada.

- Bueno, pues supongo que debes tomar una, si al cabo de un tiempo no pasa nada, toma otra.


Lo único que tenía que hacer era tomar una patilla, pero William se preparó como si fuese a subir al ring. Se sirvió un vaso con agua y frente al espejo engulló la pastilla. Estaba muy nervioso como para sentarse a esperar, así que, hasta que le llegaron los primeros retorcijones, se la pasó caminando por el cuarto. Llamó a Mike:

- Mike, ya he ingerido la pastilla, pero no siento nada.

- ¿Cuándo la has tomado?

- ¡Es otra vez ese trompetista! ¿No quieres ir a limpiarle el trasero, Mike?

- Por favor, guarda silencio, Linda… Dime, William ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que la has ingerido?

- Pues, no sé, como media hora.

- Quizás debas esperar un poco.

Ni bien Mike dijo eso William sintió un retorcijón punzante en el medio del estómago.

- ¡Diablos, creo que ahí viene!


Arrojó el teléfono sobre la cama y corrió hacia el baño bajándose los pantalones. Por esa razón no llegó a escuchar cuando Mike le preguntaba:

- ¿Te has fijado qué tipo de inodoro tienes?


Tenía mucho sentido lo que preguntaba Mike, pues si se encontraba ante uno de esos donde, en lugar de una suerte de piso previo a la caída hacia las cañerías, había un agujero, estaba perdido. Sin embargo, no se fijó, no tuvo tiempo. De un empujón atravesó la puerta y se arrojó sobre el inodoro, retorciéndose y largando una considerable cantidad de mierda.


Veinte minutos después se limpió en el bidet y salió del baño pálido y debilitado. Fue hacia la heladera para coger un poco de agua fría: sus intestinos reclamaban una refrescada.


Con la botella en la mano se recostó en la cama, mirando hacia la puerta entreabierta del baño; sabía que un gran pastel de mierda diluido en agua lo esperaba para tener un contacto íntimo. Pensó: una cuchara es lo que necesito, una cuchara larga, a lo sumo un tenedor. Se puso de pie y fue hasta la bandeja que había dejado sobre la mesa debajo de la ventana. La cuchara del postre era pequeña, pero si a la vez se ayudaba con el tenedor, podría hacerlo. Respiró profundo y fue hasta el baño.


No sabía cuál era la mejor manera de hacer lo que haría, pero con la cuchara en una mano y el tenedor en otro se reclinó sobre el inodoro. Largó una arcada.

- ¡Oh, Dios mío! ¿Cómo he podido fabricar tanta mierda? Algo en mis intestinos no está bien.

El olor era repugnante. Era mierda oscura, casi negra. Hundió la punta del tenedor en la materia viscosa esperando encontrar debajo agua cristalina y su preciado diente; pero solo encontró más mierda, distintos niveles de mierda. Había incluso pequeños soretes que aun conservaban una precaria solidez. Revolver como quien prepara un guisado es lo que se le ocurrió. Corría la mierda para un lado y para el otro, llevando lo de arriba hacia abajo y lo de abajo hacia arriba. Los soretes iban disolviéndose dejando solo gases y vacío en su lugar.

Al cabo de un rato le quedaban solo tres soretes por desarmar. Decidió tomar una pausa y serenarse un poco. Si el diente no aparecía entre esos tres, no sabría con qué cara enfrentar a la periodista; ella tenía una sonrisa de película.


Sentado en el suelo y con la espalda apoyada en la puerta tuvo un momento de lucidez: lo que debía hacer era, por fin, emplear la cuchara y, ayudándose con el tenedor, mudar los tres soretes flotantes al bidet. ¿Por qué diablos no defequé en el bidet? Pensó, aunque ya era tarde, el diente podría haberse hundido y estar flotando por las cañerías bajo la ciudad, alejándose de él como la chance de besar a esa mujer hermosa y obtener una entrevista en la Rolling Stone.


Era sencillo lo que le quedaba por delante. Solo debía arrodillarse frente al inodoro y con ambos elementos formar un sostén eficaz que le permitiese a los tres soretes viajar hacia superficies más estables para ser diseccionados sin riesgos de perder el diente. De rodillas ante la mierda levantó el primer sorete cuidando de que no le temblase el pulso. Se dio cuenta de que tenía la frente y la remera empapadas en sudor.


- Muy bien, despacio, despacio…


Aguantaba la respiración, había tensionado el cuerpo con el fin de no moverse más que lo necesario. Como si fuese una pala mecánica había levantado el sorete y ahora giraba el torso hacia la derecha buscando el bidet. Los brazos le temblaban. Lo soltó sobrevolando el espacio aéreo y largó un suspiro. El impacto del sorete contra la porcelana sonó apagado. Volvió al inodoro e hizo lo mismo con los otros dos. Cuando tuvo los tres juntos y a salvo, se dispuso a aplastarlos como pisando papas.


Hundió el tenedor en el primero pero este siguió de largo hasta el fondo sin toparse con nada sólido. Sin perder las esperanzas fue por el segundo. Otra vez el tenedor aplastando nada más que mierda. Tiene que ser el tercero, pensó, se supone que así funciona el universo. Volvió a meter el tenedor en vano.


- ¡No puede ser, carajo!


Encendió un poco el agua para que cayese de los costados y aprovechando el impulso fluvial revolvió todo: nada, no había nada, solo la ausencia absoluta de su diente como en su boca y en su vida. Imaginó que quizás su cuerpo aun no lo había digerido y que su maldito implante estaría aun navegando en sus intestinos. Quizás debía esperar un tiempo más; comer otro poco, ingerir otro laxante.


Abatido y con el corazón hecho pedazos apretó el botón del inodoro para deshacerse de una vez por todas de la mierda que había estado revolviendo en vano. Maldita mi suerte, se dijo. El inodoro rugió y cuando el agua comenzó a agitarse advirtió un punto blanco sacudiéndose entre la mierda.


- ¡Nooooooooooo…!


Gritó, y sin pensarlo, enterró su mano hundiendo el brazo hasta el codo. Cuando lo creyó propicio, cerró el puño rogando haberlo atrapado. Vio salir del agua su brazo embadurnado y luego su puño y se fue directo al lavado. Encendió el agua y la dejó correr, primero sobre su antebrazo, luego sobre su puño. Pensó en Schrödinger y su gato en la caja, que podía estar vivo o muerto, las posibilidades coexistían sucediendo al mismo tiempo hasta que alguien abriese la caja y se manifestase alguna de las dos. Aunque le pareciese absurdo, sintió que el destino estaba en su mano.


Al abrir la mano se encontró la pequeña pieza blanca brillando bajo el agua. No podía sentirse más feliz. Telefoneó a Mike:


- ¡Mike! ¡Tengo el maldito diente en mi mano! ¡Lo recuperé, Mike! ¡No te lo vas a creer pero ha sido una pesadilla…!

- Te felicito, muchacho, pero ahórrate los detalles…


Mike le preguntó si sabía cómo debía pegarlo y, por supuesto, William le respondió que no tenía idea. El problema era que Mike tampoco sabía. De pronto escuchó un forcejeo, a Linda gritar, a Mike gritar:


¡Dame eso! – Linda se apoderó del teléfono- Escúchame bien, muchacho. ¡Toma la mayor cantidad de pegamento que puedas, échasela al maldito implante, métetelo en tu jodida boca y mantenla cerrada por el resto del día! ¿Me entiendes?


Linda le devolvió el teléfono a Mike.


- Ya has oído a mi esposa, muchacho. No suena tan difícil.


Era verdad, no sonaba difícil. Existía el riesgo de tragar algo de pegamento, pero no una cantidad suficiente como para intoxicarse. Quizás se le pegase el labio a la encía, pero no podía retroceder, tanto esfuerzo habría sido en vano. Así que, tomó el pegamento y el implante, se enfrentó al espejo y, cubriéndolo en la parte superior con bastante pasta, se lo llevó a la boca completando la ausencia como quien acomoda la última pieza de un rompecabezas. Faltaba dejar secar.


Para la hora del show había vuelto a ser el de antes: se mostraba jovial y sonreía desplegando toda su dentadura. Bebía y conversaba con los otros músicos dándose ánimo para salir a escena. Faltaban pocos minutos. Se acercó al escenario y, corriendo un poco el telón, encontró a la periodista en primera fila. El lugar estaba lleno, había más gente que la noche anterior.


- Vamos a divertirnos allí arriba, muchachos. Hagamos lo que mejor sabemos hacer. Conquistemos a esas personas.


El presentador los anunció y salieron al escenario. Mientras se acomodaban, William le regaló una sonrisa a Margaret. Ella lo correspondió y le susurró “buena suerte”. William miró a sus músicos y arrancaron: trompeta, piano, batería y contrabajo sonaron al unísono y el público estalló dando comienzo a un recital que, a no ser por el incidente del final, para William hubiese sido perfecto.


Después de lo que había vivido, allí arriba se sentía como liberado, más alto, más bello, con el pecho más ancho. Se encargaba de acercarse al público en cada sector del escenario y de mirar a cada uno a los ojos y de regalarle una sonrisa encantadora; no quería dejar a nadie afuera y, por supuesto, cada tanto pasaba por delante de Margaret y le otorgaba una mirada especial, a las claras diferente, aunque no tanto para que ella no se sintiese presionada.


Tocaron doce temas y se fueron del escenario con el público aplaudiendo de pie. Mientras se abrazaban y se daban las debidas felicitaciones, sintieron como del otro lado les imploraban que regresasen al escenario para tocar otro tema.


- Quiero que toquemos Giant Steps.

Pidió William.

- Por mí está bien.

- Por mi también.

- Concuerdo ¿y si piden algo más?

- Ya veremos allí arriba.


Concluyó William y salieron al escenario como toros a la arena. Se acomodaron, se miraron y empezaron a tocar. Fue tanta la energía con la que William sopló la primera nota, que el maldito y condenado implante volvió a salirse y casi va a parar a la embocadura de su instrumento, de no ser porque su lengua tapo la entrada. Hubiera sido el fin de la velada. Un sonido espantoso salió de su trompeta, pero visto desde afuera pareció más una licencia de músico extasiado que un accidente. Sentía que estaba por desmayarse. El diente rebotó y fue a parar a su mejilla. Le dio la espalda al público, se quitó la trompeta de la boca y lo volvió a tragar pensando en lo que le esperaba al otro día.


Tocó lo que quedaba del show sin sonreír y sin volver a mirar a Margaret. Se fue del escenario sin saludar, convencido de que acababa de arruinar su carrera.