Emily Dickinson, seis poemas en el encierro


Daguerrotipo de Emily Dickinson a sus 16 años

Emily Dickinson fue una de las primeras mujeres en la historia cuyo trabajo como poeta fue reconocido, convirtiéndola en una de las voces más importante de la poesía del mundo. Había nacido en Massachusetts, Estados Unidos, el 10 de diciembre de 1830, en una familia de inmigrantes.


Por un lado, su abuelo, Samuel Fowler Dickinson, fue representante en la Corte General, senador en el congreso estatal y durante cuarenta años juez del condado de Hampton, además de secretario del Ayuntamiento. Su padre, Edward Dickinson, fue abogado de la Universidad de Yale.


Una educación puritana, la puja entre posturas políticas y la influencia social que tenía la familia Dickinson en aquella zona del país, fueron aspectos claves en la obra de la poeta.


Vivió la mayor parte de su vida encerrada. Fue su hermana quien se dedicó a publicar sus obras de forma póstuma, dado que para ella no era relevante. Sin embargo, hoy resultan indispensables para comprender la poesía contemporánea.


Aquí compartimos algunos de sus poemas. Poemas que tienen un peso histórico que Emily Dickinson jamás se imaginó.




Algunos Poemas:


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Su pecho es propicio para perlas,

Pero yo no soy un Buceador—

Su frente es propicia para tronos

Pero yo no tengo penacho.

Su corazón es propicio para un hogar—

Yo—un Gorrión—construyo ahí—

Con la dulzura de las ramas

Mi perenne nido.




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Si el Valor te abandona—

Vive por encima de Él—

A veces se apoya en la Tumba,

Si teme desviarse—

Es una postura segura—

Nunca se equivocó

En esos brazos de Bronce—

Ni el Mejor de los Gigantes—

Si tu Alma tiembla—

Abre la puerta de la Carne—

La Cobarde necesita Oxígeno—

Nada más—


No es que el morir nos duela tanto –


No es que el morir nos duela tanto –

Es el vivir – lo que nos duele más –

Pero el Morir – es un camino distinto –

Una variedad detrás de la Puerta –

La Costumbre Sureña – del Pájaro –

Que antes de que lleguen las heladas –

Acepta una Latitud mejor –

Nosotras – somos los Pájaros – que se quedan.

Las Ateridas en torno a las puertas del Campesino –

Por cuya miga reacia –

Pactamos – hasta que las Nieves compasivas

Persuadan a nuestras plumas a Casa



¡Yo, cambiar! ¡Yo, transformarme!


¡Yo, cambiar! ¡Yo, transformarme!

¡Pues lo haré, cuando en la Colina Eterna

Crezca una Púrpura más Pequeña –

Al atardecer, o un brillo inferior

Vacile en la Cordillera –

En el mejor cierre del Día!


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Me quieres—estás segura—

No temo equivocarme

No me despertaré engañada

Una complaciente mañana

y descubriré que el Sol se ha ido

¡que los Campos—están desolados

y que mi Amor—se ha marchado!

No debo inquietarme—estás segura.

Nunca llegará la noche

En la que, asustada, corra a tu casa

Y encuentre las ventanas oscuras

Y mi Amor se haya ido—dime

¿Nunca llegará?

Claro que estás segura—sabes

Que lo soportaré mejor ahora

Si me lo dices así

Que si—cuando la Herida

haya sanado

¡Me hieres—otra vez!


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