Isabel Allende y María Elena Walsh: confesiones de dos mujeres de letras


Hace algunas semanas Armando Almada Roche nos adelantó fragmentos de dos bellísimas entrevistas contenidas en su nuevo libro. Fueron los casos de Marta Lynch y Ana María Matute, dos de la tantas que entrevistó para los diarios La Opinión, La Prensa, Primera Plana.


25 son las elegidas: Ana María Matute, Ángeles Maestreta, Beatriz Guido, Daicia Maraini, Bella Yosef, Doris Lessing, Dulce María Loynaz, Fanny Buitrago, Esther Vilar, Elena Poniatowska, Isabel Allende, Martha Lynch, María Esther de Miguel, María Elena Walsh, Graciela Maturo, Laura del Castillo, Rosa Montero, Laura Esquivel, Almudena Grandes, Lucila Palacios, Margo Glanzt, Susan Sotang, son las escritoras con las que Almada Roche tuvo la suerte de conversar.


Hoy, del mismo modo, queremos acercarles algunos fragmentos de los capítulos dedicados a Isabel Allende y María Elena Walsh.


Isabel Allende


“Escribir es un acto de amor y de libertad”


“Escribir es un acto de amor y de libertad”, es lo primero que dice durante la entrevista que le realizamos a su paso por Buenos Aires para presentar su libro Inés del alma mía, editada por Sudamericana. Esta vez vino acompañada por su marido el norteamericano William Gordon, “un novel autor del thriller Duelo en Chinatown, comenta la escritora. Todos sabemos que está emparentada con Salvador Allende, un revolucionario de la política chilena que tuvo un trágico final. “Si Salvador hubiera estado todavía hoy al frente de la presidencia de Chile, los destinos del pueblo chileno hubiesen sido otros”, agrega. Al comienzo de la entrevista, ante nuestra pregunta, usted afirmó que “escribir es un acto de amor y libertad”. ¿Por qué piensa eso?


-Yo cuando escribo un libro es como si fuera que estoy haciendo el amor. En mi caso, si lo que escribo va por buen camino y me da felicidad es—y perdone, soy muy directa—una suerte de orgasmo. ¿Qué es más fuerte que el impulso sexual? Para mí es un acto de amor y me hace libre. También soy esclava. Hay amores que matan, dice un refrán.


Usted es una de las escritoras Latinoamericanas de más éxito en el mundo. Ha vendido más de 35 millones de ejemplares y traducida a 30 idiomas. Sólo comparable con García Márquez.


- Las comparaciones son odiosas y, además, García Márquez, mi querido “Gabo”, fue mi maestro. Gracias a él aprendí a escribir y descubrí los misterios de la novela. Por eso me acusan de parecerme demasiado a él. Dicen los que no me quieren, que muchas de mis frases y estilo recuerdan a las del colombiano. Dichos de egoístas y envidiosos. Si la envidia fuera tiña—como decía mi madre—cuántos tiñosos habría.


-¿Cómo es el mundo editorial norteamericano? ¿Se mueven igual que nosotros?


- No, no, allá es distinto. Para los norteamericanos la literatura es como vender ropa o zapatos o elementos de bazar. Vender libros es igual que vender jabones o dentífricos. Por ejemplo, el escritor propone un tema a la editorial, quien le impone un editor. Y trabajan juntos. Le corrige, le hace sugerencias. En una palabra, es un parto a cuatro manos. Yo ni loca trabajo ni trabajé así. Mi “editor” en todo caso es mi madre, a quien le muestro mis borradores y se los leo y si a ella le gusta se lo mando a la editorial. Mis libros se imprimen sin que nadie más que yo y sólo yo meto la mano en él. Hasta ahora se venden muy bien sin necesidad de ningún editor.

-¿Existe una nueva camada de escritoras mujeres en los Estados Unidos?


- A decir verdad, por suerte, hay una nueva generación de escritoras mujeres en los Estados Unidos. Generalmente son negras o de origen latino, oriental o indígena, que poseen una voz parecida al de la literatura latinoamericana porque escriben desde la marginalidad. Todavía existe la marginación y los prejuicios.


-Allá, ¿te consideran una marginal?


- En los Estados Unidos los que no son nacidos allí son considerados marginales y es la minoría más atacada y golpeada. Pobres de toda pobreza. Más pobres que los pobres. Se salvan, por así decirlo, los cubanos que viven en Miami. Pero en el resto del país los latinos son espectros, fantasmas, una raza indeseable y perseguida, prácticamente sin voz.



María Elena Walsh


“Cuando yo era adolescente mi ídolo era el poeta Juan Ramón Jiménez”



“Yo creo mucho en el azar, en el destino, en que las cosas están marcadas. Uno puede ayudar, mover el timón de tu vida de un lado a otro para corregir el rumbo, pero no más. No es que dejo todo en manos del famoso destino, sino más bien—en eso coincido con Sartre—uno es dueño de sus actos, uno se hace y será tal cual como se haya hecho, según su teoría existencialista. No soy una existencialista en un ciento por ciento, pero muchas de las ideas de este filósofo francés, muy de moda en el 40, 50 y 60, que tuve la suerte de conocerlo y charlar con él cuando fui a París en 1952 con Leda Valladares, excelente estudiosa y folklorista”, cuenta María Elena Walsh al principio de la entrevista. Y agrega enseguida: “Algo importante que quiero contar… Cuando yo era adolescente mi ídolo era el poeta Juan Ramón Jiménez”.


A él le debo mi lanzamiento en las letras. Ni bien apareció mi libro le envié un ejemplar y enseguida me envió una carta simpática y afectuosa anunciándome en ella, que muy pronto vendría a la Argentina. Así fue. Aquí lo recibieron con todos los honores y le hicieron un gran homenaje en la SADE. Me invitó a los Estados Unidos y me invitó para estudiar en Maryland, otro becado era Horacio Armani. A juicio de Juan Ramón éramos dos jóvenes promesas de la poesía argentina. Allí empezó todo, por así decirlo, siendo aún una adolescente. Yo era una perdida lectora de Platero y yo. ¿Quién no lo era entonces? Este maravilloso libro de Juan Ramón es el culpable, digámoslo así, de inclinarme hacia la literatura infantil. Me di cuenta que se podía decir muchas cosas a las personas mayores a través de narraciones y canciones para niños. En Platero y yo estaba la magia, el amor, la maravilla del mundo. Dicho libro, repito, abrió para mí las puertas de la poesía mayor escrita con sencillez y profunda pasión.


¿Le teme a la muerte?


- Todos tenemos diferentes actitudes ante la muerte. Doy por supuesto, partiendo de ejemplos familiares, que en mi familia siempre nos hemos enfrentado valerosamente con la muerte. Al saberme condenada a muerte, por así decirlo, trabajé con más continuidad y tesón que nunca, para terminar la obra pendiente y lograr las mejores páginas salidas de mis manos.


Me duele la decadencia de lo argentino y de que en nuestro país reinen la mediocridad y la corrupción. Recuerdo, por ejemplo, cuando con María Herminia Avellaneda, gran amiga y mejor ser humano, y Susana Rinaldi, nos sacaron poco menos que a patadas del aire del viejo Canal 11, con nuestro programa La cigarra, un ciclo que iba de 20 a 21; alternaba entrevistas en vivo con informes especiales, debates entre nosotras tres, mucha opinión y poca ficción. Jamás vi ataques de una bajeza igual. Llegaron a decir que éramos “tres tristes impresentables”, fue lo más liviano que dijeron. No puedo reproducir los dichos de nuestros detractores. Lo cierto es que no se bancaban que las mujeres opinemos con libertad y ocupemos los lugares que nos corresponden.


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